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Publicado en OPINION Lunes, 12 de mayo de 2014 21:52

Alemania y su fobia al aumento de los precios

Por Pedro Sastre (BANCA MARCH) | La fobia del Bundesbank en particular y del alemán medio en general por un férreo control de los precios es algo que puede a simple vista extrañar. Vivimos en palabras del BCE un “periodo de moderación de precios”, en donde las perspectivas de inflación permanecen ancladas y sin embargo Alemania sigue alertando de las terribles consecuencias de una hipotética subida descontrolada de los precios. ¿Por qué? Quizás haya que echar una mirada al pasado no tan lejano para comprender tal obstinación…

 

 

El periodo de hiperinflación, o proceso en el que los precios se disparan y la moneda se devalúa, fue vivido por Alemania en el periodo de entreguerras, época conocida como la República de Weimar. Si bien no fue un proceso aislado en Europa, la hiperinflación vivida por Alemania acaparó todos los factores negativos posibles: un aumento desbocado de los precios en paralelo a la subida de los tipos de interés, bruscos cambios en el tipo de cambio y, eventualmente, el abandono de la moneda como unidad de intercambio.

 

Pero volvamos a la historia. La Primera Guerra Mundial tocaba a su fin y el imperio germano había financiado sus necesidades en la contienda con ingentes emisiones de papel moneda, o Papiermark, sin respaldo alguno en oro ni posibilidad de conversión en el metal precioso. Algo que para la época no era el procedimiento establecido ya que hasta el inicio de la guerra había regido en Alemania el patrón oro y cualquier emisión de papel necesitaba de su respaldo para su correcta garantía. La consecuencia monetaria de la guerra fue el abandono de la moneda que hasta entonces regía en el imperio alemán, el Marco de oro o Goldmark.

 

El Tratado de Versalles estableció, al terminar la Gran Guerra, la imposición a Alemania del pago de reparaciones por los daños causados por la contienda. Indemnizaciones muy cuantiosas aunque no asfixiantes y que establecían montos y plazos de pago. El abandono del Goldmark, antes mencionado, trajo consigo el mantenimiento en el uso del Papiermark, con un tipo de cambio sorprendentemente estable vs el dólar hasta mediados de 1921, de aprox. 60 marcos por cada dólar.

 

El escenario se torcía a mediados de 1921, con el ultimátum exigido por Londres en concepto de reparación de guerra. El monto sería de 2.000.000.000 de marcos de oro al año, una suma más complicada para devolver y cuyo pago se inició en el verano de 1921. La salida de marcos “buenos” o respaldados por oro se unió a la creciente emisión de papel “malo”, este último para financiar las necesidades diarias del país. Aumentaba así de forma astronómica la circulación de papel en el país y el proceso en espiral de devaluación del marco estaba servido.

 

El proceso de hiperinflación comenzaba en el mismo 1921, con fuerte retroceso del tipo de cambio desde los mencionados 60 marcos/$ hasta los 320 marcos/dólar. El montante total de las reparaciones se disparó a 132.000.000.000 marcos de oro, imposible de cubrir por las reservas de oro ya diezmadas. En un intento desesperado, la República de Weimar se lanzó a la compra de divisa mediante el pago en bonos del tesoro público y papel comercial, lo que no hizo sino agudizar la pérdida de valor del Papiermark.

 

El proceso se agravó aún más si cabe cuando las potencias vencedoras, conscientes de la pérdida acelerada de valor del marco, empezaron a exigir el pago de reparaciones en recursos naturales, sobre todo en hierro, carbón y madera. La falta de acuerdo, en sucesivas convenciones, entre las potencias vencedoras acreedoras y Alemania por el importe de las reparaciones fue la traca final que impulsó el descontrol de aumento de precios y la fuerte devaluación del marco, que en 1922 alcanzaba los 8.000 marcos por dólar.

 

El resultado, la ruina para la clase media ahorradora alemana, que vio como sus ahorros depositados en los bancos se evaporaban, sin posibilidad de acceso a las divisas extranjeras con las que poder protegerse de la inflación, sin acceso a los alimentos básicos tras multiplicarse el coste de la vida por más de dieciséis veces y con el afloramiento del trueque, aunque con escaso éxito en muchas ocasiones debido al alto grado de industrialización del país. Así llegó el Notgeld o “dinero de necesidad”, que representaba o bien sumas de dinero o bien artículos de primera necesidad. No tuvo un gran éxito en cualquier caso, ya que la depreciación del marco y el repunte de los precios seguían siendo los principales problemas a resolver.

 

Veamos algunos ejemplos prácticos: una barra de pan que en 1922 costaba 163 marcos se disparaba a 1.500.000 en septiembre del año siguiente y costaba 200.000.000 en el mes de noviembre del mismo año. El precio de un huevo en 1923 equivalía a la compra de cinco millones de huevos diez años antes. Los funcionarios del Ministerio de Finanzas cobraban parte de su sueldo en patatas. Y los restaurantes dejaron de imprimir la carta de menús con precios porque desde el momento de la comanda hasta el pago los precios ya habían variado.

 

A nivel corporativo nos encontramos con que a finales de 1923 el grupo automovilístico Daimler valía al cambio unos 980M$ mientras que un coche costaba 3M$. Es decir, que toda la compañía sólo valía 327 coches. El tipo de interés rondaba el 5% en 1922, en niveles similares a los del comienzo de la guerra, pero a finales de noviembre de 1923 superaba el 900%. Y si en 1922 el desempleo era inexistente un año después éste rozaba el 30%.

 

Este escenario ya de por sí muy complicado se tuerce aún más con la invasión, por parte de Francia y Bélgica, de la cuenca del Ruhr entre enero de 1923 y agosto de 1925. El motivo, la patente incapacidad de la República presidida por Friedrich Ebert para asumir las indemnizaciones económicas impuestas por los aliados tras su derrota en la guerra. El cobro de la indemnización se haría ahora sí en hierro, carbón y acero. Hay que hacer notar que dicha ocupación provocó oleadas de simpatía hacia Alemania que no tuvieron repercusión alguna en la Sociedad de Naciones (la antesala de Naciones Unidas), debido a que si dábamos por bueno el Tratado de Versalles la ocupación era legal.

 

La hiperinflación alcanzó su máximo nivel en noviembre de 1923, momento en el que toma cuerpo una nueva moneda: el Rentenmark. El gobierno se apoyó en esta nueva moneda de valor fijo mientras se puso fin a la emisión de billetes. La solución propuesta por Hjalmar Schacht, Presidente del Banco Central de la época, consistió en la imposición de una hipoteca legal sobre las tierras y bienes industriales existentes en el país, que respaldaría la nueva moneda, por un valor total de 3,2 billones de Rentenmark. Esta conversión impidió la emisión de más papel moneda sin aval, solucionando el problema de la carencia de oro como garantía y permitiendo finalmente el inicio del fin de la hiperinflación.

 

Tras un periodo de transición en el que el Rentenmark fue la moneda oficial, en agosto de 1924 el Reichsmark se convirtió en la nueva moneda de curso legal en Alemania, surgiendo con el mismo valor que el Rentenmark. Ambas monedas coexistirían, no obstante, hasta la definitiva desaparición del Rentenmark en 1948.

 

Este episodio histórico acaecido hace ya más de 90 años pervive en la memoria colectiva teutona. Y también explica en parte el comportamiento de las instituciones monetarias más poderosas de la Eurozona, el BCE y el Bundesbank. La pregunta que nos hacemos es: ¿será Alemania capaz de romper con los fantasmas del pasado y dar un paso adelante con vistas a la definitiva recuperación de la economía europea? 

 

 Pedro Sastre es Responsable de estrategia de Banca March

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