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Publicado en GESTORES Viernes, 03 de julio de 2020 08:00

¿Cuándo una tecnológica deja de serlo?

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | Con el Nasdaq coqueteando con sus máximos históricos, crecen las voces que advierten de que la burbuja tecnológica está a punto de estallar. ¿Cuándo? Imposible saberlo, aunque una buena guía puede ser analizar qué tecnológicas están a punto de dejar de serlo para convertirse en una compañía más de su correspondiente sector. Y ahora vemos casos de tecnológicas que cada vez se parecen más al sector que vinieron a revolucionar: los medios de pagos (Wirecard) o los medios de comunicación (Facebook).

Que las burbujas pinchan es algo innegable. Aunque cuando las burbujas son multitud, los pinchazos pueden ser a diferente escala y no siempre simultáneos. Imagínense un vendedor de globos en una feria. Puede pinchársele accidentalmente alguno sin que los demás se inmuten. Por eso, entre otros motivos, los fondos tecnológicos nunca pueden ser la base de una cartera bien diversificada, sino sólo una parte de esa diversificación. Así evitaremos que el posible estallido del globo más hinchado afecte a los demás e incluso a los productos que no son globos inflados con expectativas, sino empresas reales que viven de sus ventas y de sus resultados.

 

En el Dax alemán acabamos de asistir a uno de estos pinchazos. Wirecard, la empresa tecnológica supuestamente revolucionaria en los medios de pago, ha acabado convirtiéndose en la primera compañía insolvente del Dax en los 32 años de historia de este índice. De pronto, nadie encuentra 1.900 millones perdidos en la peculiar contabilidad de esta estrella emergente. Un agujero del que no se enteraron ni los auditores ni, lo que es aún más grave, los supuestamente rigurosos reguladores germanos. Aunque habrá que terminar la investigación sobre la cadena de barbaridades que han provocado este escándalo y el derrumbe bursátil de la compañía, Wirecard es el ejemplo de tecnológica que apenas vendía más que aire y que, a la postre, ha acabado pinchando como lo hubiera hecho cualquier empresa convencional desastrosamente gestionada.

 

Otro caso notorio de los últimos tiempos es el de Facebook. La red social ha jugado, como todas las redes sociales, a ser un medio informativo… pero sin seguir las normas que rigen el funcionamiento de los medios informativos tradicionales.

 

Imagínense que este periodista, en esta columna, se dedicara a lanzar denuncias –sin pruebas ni datos que las respaldaran– o incluso invectivas e insultos contra el comportamiento de alguna gestora de fondos. Sería mi perdición profesional, ya que me caerían encima un puñado de demandas –que perdería– y además el grupo de medios propietario de esta web me invitaría a que dejara de escribir inmediatamente en ella… y quizás también me demandaría.

 

Sin embargo, eso no pasa en Facebook y otras redes sociales: cualquier ciudadano, respaldado en el anonimato o dando su cara dura sin reparos (como hace, por ejemplo, el presidente de EE.UU.), o incluso cualquier robot teledirigido desde las sombras, puede publicar lo que le da la gana. Mentiras disfrazadas de supuestas noticias, discursos de odio, proclamas contra lo que sea… ¿Qué importa? Es libertad de información, dirán algunos, como el propio fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Pues no. Mentir, insultar, llamar al odio puede ser libertad de opinión (aunque opinar sin dar la cara tampoco vale), pero no de información. El problema es que cada vez más gente se “informa” a través de las redes sociales y se come como información lo que no es. Y el problema es que, sin control ni capacitación profesional alguna, pretende hacer información cualquiera, sea el inepto presidente USA, sea un robot manipulado, sea el típico cuñado de barra de bar... No se trata de que los ciudadanos, incluso anónimamente, dejen de aportar datos y denuncias a los medios. Pero publicarlos y convertirlos en información veraz requiere un filtro y un tratamiento profesional. Lo del “periodismo ciudadano” suena muy guay (o “cool”, como dicen los anglosajones), pero no creo que nadie repare su coche en un “taller ciudadano” sin profesionales capacitados, o le abra su boca a un “dentista ciudadano” que no esté colegiado pero que se haya convertido en sacamuelas viendo vídeos en YouTube.

 

Cuando Facebook y otras redes se convierten en supuestos medios informativos, deben atenerse a sus reglas. Porque sus lectores lo merecen y porque sus anunciantes ya lo hacen. Ya hemos visto con qué facilidad la publicidad escapa de un programa televisivo que chapotea en el barro. Es lo mismo que le está pasando ahora a Facebook: que más de 160 grandes compañías, entre ellas algunos de los mayores anunciantes del mundo, han suspendido su publicidad en esta red ante su falta de compromiso para evitar publicar mentiras, contenidos tóxicos o mensajes de odio (la mayoría anónimos, pero otros, como los que llegan desde la Casa Blanca, con toda la cara dura presidencial, como decíamos antes). Resultado: que la cotización de Facebook, que en los últimos cinco años se había multiplicado por dos, ha sufrido un serio castigo y ha arrastrado a la de otras redes como Twitter.

 

Porque aquí juega otro factor característico de los medios: que viven de su credibilidad pero, también, de su publicidad. Y cuando el ciclo económico se enfría, como ocurre ahora, una de las primeras cosas que las compañías dejan de hacer es publicidad. Por tanto, si estás apostando por ser un jugador en un sector clásico, como los medios de comunicación, y estás arrebatándole publicidad a los medios clásicos, no olvides que, antes o después, tendrás que jugar según sus reglas y no según unas nuevas que tú te inventes. Porque pudieron ser nuevas al principio, cuando sorprendían por eso mismo, por su novedad. Pero cuando se descubre que, al fin y a la postre, no eres diferente de aquellos a quienes quieres desplazar del mercado, te toca responder no ya como una tecnológica deslumbrante, sino como una compañía más de tu sector. Y tienes que tener las cuentas claras (no como Wirecard) y los comportamientos profesionales aún más claros (no como Facebook y otras redes).

 

Y si quieres jugar a los medios de comunicación, debes saber que publicar porquería sin control es la mejor receta para morir rápido, para que el mercado (es decir, el lector y el anunciante) te ponga en tu sitio y te baje de ese Olimpo en el que la pátina tecnológica te hacía parecer intocable.  

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