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Jueves, 12 de diciembre de 2019

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Publicado en GESTORES Viernes, 27 de septiembre de 2019 08:00

Asignaturas para septiembre (y 5): ¿Y si no hubiera Brexit?

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | ¿Se imaginan que, al final, no hubiera Brexit y se extinguiera sola una de las más graves asignaturas pendientes para el nuevo curso económico? Los inversores respirarían aliviados, aunque aún pendientes de las diversas amenazas que siguen pesando sobre los mercados a corto plazo.

 

Hace menos de un mes comentaba en esta misma columna que Trump no es eterno y que, a la vista de sus continuas estupideces y mentiras, antes o después le llegaría el “impeachment”. Y ya lo tenemos aquí, justo a tiempo para amargarle la campaña electoral, como querían los demócratas, que han esperado pacientemente hasta tener un caso muy claro –¡presionar a un presidente extranjero para que investigue a un rival electoral!– antes de poner en marcha el juicio político. Quizás por una casualidad cargada de justicia poética, la otra Ambición Rubia, la del otro lado del Atlántico (perdóname, querida Madonna, por el símil), recibía en los mismos días que Trump un varapalo judicial: el Tribunal Supremo británico obligaba a Boris Johnson a volver con el rabo entre las patas (perdón también a los amantes de los perros por la comparación) al Parlamento, a la misma institución que había querido silenciar hasta culminar su barbarie de Brexit duro el 31 de octubre. ¡Qué bonito! Dos de los tipos más peligrosos para los mercados y para el planeta, tocados en su línea de flotación, con escasas horas de diferencia. El retorno al curso no está siendo, al final, tan duro como parecía para los inversores.

 

Estamos a apenas dos semanas de la fecha límite (19 de octubre) que el Parlamento británico le dio al ahora defenestrado y siempre tramposo primer ministro, Boris Johnson, para presentar una alternativa al temido Brexit duro o pedir un nuevo tiempo muerto a Europa. La dura sentencia contra Johnson emitida por el Tribunal Supremo británico el pasado 24 de septiembre dejó claro que fue “ilegal, nula y sin efecto” la disolución del parlamento forzada por el primer ministro para quitarse de encima el control de Westminster. Recuperado el control parlamentario, el Reino Unido se aleja del temido Brexit duro y deberá afrontar unas nuevas elecciones generales de las que, de una vez, surja un Gobierno con algo que aportar para salir del atolladero. ¿Qué puede ser ese algo? O volver a acuerdo logrado por Theresa May con los 27 para una salida ordenada o, lo que sería mejor, un segundo referéndum en el que los falaces como Johnson o Farage tendrían ya poco que ofrecer. El recorrido de sus mentiras sobre Europa es cada vez menor y encima ha sido machacado por la sentencia de la alta corte británica, que dejó en evidencia que Boris incluso mintió a la Reina cuando hizo que firmara una disolución sin precedentes del Parlamento, que hubiera quedado cerrado durante cinco de las ocho semanas que iban desde el fin de la pausa veraniega hasta el 31 de octubre. Recuperada la soberanía parlamentaria, si después de estos más de tres años de penalidades, no hubiera Brexit, sería una oportunidad para restañar buena parte de las heridas producidas en los mercados por esta sinrazón.

 

Una cartera bien estructurada de fondos que haya aguantado todas las incertidumbres de este verano estará entre las que más partido saquen a la superación de las numerosas asignaturas pendientes. La última de ellas, ese Brexit que sigue coleando, como un dragón herido de muerte, pero aún capaz de provocar turbulencias. Sin olvidar todo lo que ya ha arrasado en estos tres años desde el estúpido referéndum convocado por David Cameron: una libra esterlina que ha perdido más de un 17 por ciento de su valor (sí, queridos británicos, sois un 17 por ciento más pobres, así, por la cara, dura, de quienes os impulsaron a votar no a Europa), la primera caída del PIB británico (dos décimas en el segundo trimestre) desde 2012, la fuga de empresas industriales y financieras, un Reino Unido cada vez más desunido por las nuevas tensiones independentistas en Escocia e Irlanda del Norte, etcétera, etcétera…

 

¿Y si al final el Brexit se parara en seco? Gracias, precisamente, a la estupidez y prepotencia de uno de sus fanáticos impulsores, Boris Johnson. Este histriónico pseudo-político, tan parecido a su clon del otro lado del Atlántico, irrumpió en Downing Street con sus nuevas mentiras sobre el Brexit (lo de no pagar la factura pendiente, por ejemplo, era como darse un tiro en su propia cabeza, por lo que supondría de cerrar el grifo de dinero que fluye en sentido contrario, de la Unión Europea a Londres). Unas falsedades aliñadas con esos malos modales que ha exhibido en sus broncas parlamentarias y con la expulsión de destacados miembros de su propio partido. Sin olvidar lo más importante: su ausencia total de ideas y de propuestas concretas sobre cómo sacar a su país del callejón sin salida en que una sarta de incompetentes y mentirosos como él lo han metido. Y, para colmo, Johnson quiso retorcer las normas y burlarse de la Reina y del Parlamento al forzar la ilegal disolución de Westminster.

 

Pero este cuento se acabó. Su ansiado Brexit duro, a él, personalmente, le afectaría poco, como acomodado pijo que no pasaría estrecheces por culpa de la recesión que azotaría al Reino Unido tras una salida abrupta de la Unión Europea. Pero políticamente le quedan pocas alternativas. ¿Presentarse a unas nuevas elecciones generales con una nueva sarta de mentiras europeas? Quizás hasta sueña con ganarlas, pero la oposición (igual que los demócratas americanos) se está armando de paciencia y no quiere forzarlas antes de asegurarse de que ha sido frenado definitivamente el Brexit duro: aunque esté formada por un revoltijo de al menos siete partidos, amén de los conservadores expulsados por el rubito feroz, las oposición británica debería formar una firme alianza para frenar un nuevo salto de las Islas hacia el abismo.

 

Si por fin –con la inestimable ayuda del Tribunal Supremo– aparece vida inteligente en el partido Tory, en el Laborista, entre los liberales en ascenso, entre todos deberían ser capaces de, sea cual sea el resultado de las inevitables elecciones generales, formar un ejecutivo fuerte y con amplio respaldo parlamentario que por fin convoque un nuevo referéndum. Sería la vía para que, esta vez sí, los británicos voten sabiendo a qué daños se exponen con un nuevo no a Europa. Porque ya los tienen delante: buena parte del perjuicio ya hecho a la economía británica va a ser difícil de recuperar. ¿Acaso las grandes gestoras de fondos que se han mudado de Londres a Luxemburgo van a volver? ¿O el sector financiero en su conjunto, que ha descubierto los riesgos innecesarios de estas excesivamente concentrado en la City de Londres, va a dar marcha atrás en su apuesta por otras plazas? ¿Cuántas industrias que han deslocalizado y/o buscado proveedores no británicos van a volver a confiar en que esta estúpida aventura no se repita? ¿Frenara la europeísta Escocia sus planes para un nuevo referéndum independentista por confiar en que el Brexit ha muerto para siempre? ¿Se sentirán tranquilas las dos Irlandas, la del norte cada vez menos británica y la otra, siempre Europea? La pérdida de confianza en la hasta ahora famosa seguridad jurídica británica ha sufrido un serio golpe y necesitará tiempo para recuperarse. Pero esperemos que la vacuna de un nuevo referéndum aísle durante muchos años a ese virus infeccioso llamado anti europeísmo.-

 

¿Les parece un pronóstico excesivamente optimista? Quizás lo sea. Lo sabremos pronto. Pero, mientras tanto, mantengan la calma en sus carteras de fondos y no dejen de aprovechar los altibajos del Brexit para, de un modo prudente y selectivo, incrementar posiciones en fondos de renta variable con objetivo de medio y largo plazo. Confiemos en que una de las, hasta ahora, más prestigiosas democracias del mundo sea capaz de superar de una vez estos más de tres años de infección antidemocrática, antisocial y antieconómica. Y confiemos también en que, al otro lado del charco, el inmaduro y falaz ocupante de la Casa Blanca tenga también fecha de caducidad inminente.