Usamos cookies propias y de terceros para mejorar servicios y mostrarle publicidad de su preferencia mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso.

Imprimir esta página
Publicado en GESTORES Miércoles, 25 de septiembre de 2019 08:46

Cuando Apple casi resulta ser una empresa China

Ofelia Marín- Lozano (1962 Capital Sicav) | Los acontecimientos políticos siempre han tenido una cierta influencia sobre el comportamiento de los mercados financieros a corto plazo. Aunque a largo plazo lo que manda son las cuentas de resultados empresariales, cualquier incertidumbre proveniente del mundo de la política tiene un coste, y actualmente son bastantes las incertidumbres que pesan en la mente de los inversores.

 

 

La gran incertidumbre política que afecta a la globalidad de los mercados es, actualmente, la que pesa sobre una eventual escalada en la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Para aquellos que toman al pie de la letra los tweets de Donald Trump conminando a las empresas americanas a prescindir de China, habría realmente motivos de preocupación. Una enmienda a la totalidad, un boicot real, entre las dos principales economías del planeta no es una cuestión menor. Una cuestión que va mucho más allá de los aranceles que unos puedan cobrar a otros.

 

Mucho se habla del déficit comercial de Estados Unidos frente a China, los famosos 400 mil millones de dólares, una cantidad que parece muy alta pero, que al fin y al cabo, no es más que la mitad de la capitalización bursátil, por ejemplo de Apple. El análisis del saldo entre lo que oficialmente Estados Unidos importa de China y lo que le exporta es, en cualquier caso, extremadamente simplista. No nos da una idea del auténtico balance que, en términos de beneficio, que es lo que realmente importa, el progreso de China ha contribuido al propio progreso de América.

 

En el cuadro adjunto pueden ver el actual estado de la balanza comercial entre Estados Unidos y China, desagregado por sectores. Vemos, por ejemplo, que oficialmente, Estados Unidos sólo exporta 17,9 millardos de dólares a China en ordenadores y electrónica, mientras importa casi diez veces más (186,5 millardos).

 

 

 

Sin embargo, si uno mira las cuentas anuales de Apple (que fabrica y vende, estrictamente, ordenadores y electrónica, pues en este epígrafe se incluye la telefonía móvil) del año 2018, puede ver que vendió en China 51,9 millardos de dólares. ¿Cómo puede ser esto? Resulta que las ventas, solo de Apple, en China, triplican las exportaciones totales de Estados Unidos al gigante asiático.

 

La explicación es sencilla: en términos de balanza comercial Apple no es una empresa americana, sino más bien china. Si son ustedes propietarios de un Iphone podrán echar un vistazo a la parte posterior de la carcasa y verán la siguiente inscripción: Designed in California, Assembled in China. En otras palabras, en terminología clásica, Made in China. Así, resulta que lo que aparentemente es una invasión de teléfonos chinos en Estados Unidos, en cifras de déficit comercial, en realidad son ventas de teléfonos “designed in California” (donde se queda el margen, el valor añadido, y los empleos bien pagados), pero “assembled in China”. Por eso, los 51,9 millardos de dólares que Apple vende en China, no aparecen en el balance de exportaciones americanas. Y buena parte de los 186,5 millardos de Computer and electronics, importados por Estados Unidos desde China, también son de Apple.

 

Es una muestra clara de los riesgos de las estadísticas agregadas, de los datos macro, que simplifican, hasta falsear, la realidad micro. Apple, una de las tres mayores empresas americanas por capitalización bursátil, para los contables del déficit comercial, resulta ser más bien una empresa china. Juzguen ustedes el interés que puede tener Apple en “no hacer negocios con los chinos”. O, el que puede tener Boeing, que vende 14 millardos de dólares anuales en China (por cierto, más de la mitad de las exportaciones de equipamiento de transporte que es la principal línea de negocio de Estados Unidos con China). Evidentemente, Trump lo sabe, y es el último interesado en dejar de hacer negocios con China. Porque sería muy perjudicial para las grandes empresas americanas. No podremos librarnos de la volatilidad de sus tuits pero, analizando las cosas fríamente, tenemos que actuar pensando que China seguirá siendo proveedor y cliente de Estados Unidos.

 

En Europa tenemos también nuestras incertidumbres políticas específicas (Brexit, Italia, España...), que son tomadas como riesgos relevantes en el mercado en la medida en que puedan afectar a la estabilidad de la Eurozona. Cuando el mercado interpreta una incertidumbre política como una probabilidad, más o menos remota, de poner en cuestión el euro como moneda común, los efectos son muy negativos, en especial sobre el sector bancario. De hecho, la política de tipos negativos y compra de bonos soberanos por parte del BCE tiene que ser interpretada como una herramienta dirigida a garantizar el famoso whatever it takes de Draghi. Debería ser un secreto a voces que la política de tipos del BCE ha tenido como propósito principal salvar las cuentas públicas de los países más endeudados (y con las cuentas más desequilibradas) de la Eurozona, aunque secundariamente haya beneficiado también a todas las empresas y familias endeudadas. Ha habido un pacto de silencio sobre estas motivaciones. Pero ya empiezan a alzarse voces (entre ellas las de los máximos ejecutivos de Deutsche Bank y Commerzbank) que dicen a las claras que quizás ya ha llegado el tiempo de dejar de ayudar a los estados y empezar a remunerar el ahorro privado.

 

De hecho, de las tres incertidumbres citadas (Brexit, Italia y España), la que más ha afectado al mercado desde el año pasado ha sido la que más podía poner en cuestión la estabilidad del euro. El ascenso al poder de una coalición inicialmente euroescéptica (Lega+ 5 estrellas) en Italia, en mayo de 2018 vino acompañado de una subida de casi 200 puntos básicos en su prima de riesgo (desencadenando una pronunciada caída en el índice Euro Stoxx Banks, que perdió un 30% en apenas un trimestre). El cambio de gobierno en Italia, con la entrada del PD (partido socialdemócrata europeísta), como nuevo socio de gobierno de 5 estrellas (en sustitución de la Lega), ha determinado una sustancial reducción de la prima de riesgo de su bono soberano (que ha bajado desde 300 hasta 150 puntos básicos), y un todavía moderado repunte (que debería proseguir) de la cotización de los bancos.

 

La incertidumbre sobre la formación de gobierno en España parece tener una importancia menor en los mercados. La prima de riesgo ha ido disminuyendo en los últimos años, y se encuentra en la actualidad cómodamente instalada por debajo del nivel de los 100 puntos básicos. La ausencia de fuerzas antieuropeístas con capacidad de liderar un gobierno explica esta relativa tranquilidad.

 

Y, finalmente, el Brexit, que desencadenó hace tres años una fuerte corrección en las bolsas europeas, sigue todavía sin resolución. Aunque, muy probablemente, el final del proceso esté ya muy cerca. La actitud abiertamente beligerante con el parlamento de Boris Johnson puede ser interpretada de muchas formas (táctica electoral, herramienta de presión a Europa en una negociación, carácter del personaje...). Quedémonos con la parte positiva de todo ello: llegados a este punto se hace ya muy difícil, tanto para Johnson pedir otra prórroga como para Bruselas concedérsela. Y por ello, ahora sí, una salida del Reino Unido de la Unión Europea parece ya muy próxima. Con acuerdo el 31 de octubre, o si no lo hay, con múltiples mini-acuerdos de transición en los meses inmediatamente siguientes. En realidad, el acuerdo de salida de May con la UE (que probablemente, en sustancia, sea el que termine adoptándose), no es otra cosa que un acuerdo en la forma de seguir negociando cuál vaya a ser la fórmula de relación final del Reino Unido con la UE.