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Publicado en Noticias Premium Lunes, 19 de octubre de 2020 00:00

EEUU: educación, desigualdad y elecciones

Pablo Pardo (Washington) | La pandemia y sus secuelas económicas han puesto sobre el tapete las clamorosas desigualdades que se sufren en la primera potencia mundial. Si los demócratas alcanzan la Casa Blanca, el debate estará servido.

Hace ocho meses, nueve de los once candidatos demócratas a la Casa Blanca coincidían en que Estados Unidos no podía permitirse la condonación de la deuda de los estudiantes de ese país. La ‘deuda de los estudiantes’ es un concepto típicamente estadounidense. En un país en el que la matrícula anual de una universidad pública mediocre puede costar 10.000 ó 15.000 dólares, y el seguro médico, la gente pide créditos al banco para costearse los estudios.

 

Son créditos que, incluso aunque el deudor lleve a cabo una suspensión de pagos personal, no son condonados. Y los únicos pasivos que, en caso de matrimonio se transfieren al cónyuge: literalmente, deudas gananciales. Hay varios cientos de estadounidenses que reciben sus pensiones de jubilación menos la deuda estudiantil que contrajeron hace cuatro o cinco décadas.

 

El monto total de esa deuda es de más de un billón de dólares (850.000 millones de euros). Pero, desde el inicio de la pandemia, EEUU ha gastado más de 2,2 billones de dólares (casi 1,9 billones de euros) para que la economía no se paralice por efecto de la Covid-19. Eso supone más del doble que la deuda estudiantil.

 

Los dos únicos candidatos demócratas que defendían la condonación de esa deuda eran Bernie Sanders (que en realidad no es demócrata, sino independiente) y Elizabeth Warren. Entre los miembros más relevantes y conocidos del Partido Republicano ésa nunca ha sido una materia de debate. Para esa formación, esos pasivos no son un problema en el que deba intervenir el Estado.

 

Y menos aún ahora, cuando la clave para identificar a los votantes republicanos en general y de Donald Trump en particular es su nivel educativo. En 2016, Hillary Clinton obtuvo veintiún puntos porcentuales más entre los estadounidenses que tenían título universitario que entre los que no. Entre los votantes que no se graduaron de la universidad, Trump ganó por siete puntos. Las diferencias son todavía mucho más grandes en el caso de los blancos.

 

Así que la estrategia populista de Trump de buscar el voto de bajo nivel cultural y blanco no es ninguna tontería. Cuando, tras ganar en las primarias de Nevada, el entonces candidato dijo “amo a la gente sin estudios” sabía perfectamente lo que estaba diciendo. A fin de cuentas, dos tercios de la población no tienen, según el Censo, título universitario. Y casi tres cuartas partes de los ciudadanos son blancos. Si se multiplican esas dos cifras (33,4 por 73) nos sale 48,6. Bien: en 2016, Trump obtuvo el 46,1% de los votos. Determinar si eso es causalidad o correlación (o, simplemente, casualidad), es tema para otro artículo. Aunque tal vez convenga recordar con ese 46,1% del voto popular ganó a Clinton, que obtuvo el 48,2%, 2,1 puntos más, tres millones más de votos que el actual presidente, que sin embargo consiguió 306 votos de los 538 que conforman el colegio electoral.

 

Divisiones

 

La división cultural va unida a algo que ya se ha tratado en otras ocasiones en esta columna, que es la disparidad económica en Estados Unidos. La primera potencia mundial tiene una tolerancia a la desigualdad mucho mayor que Europa, y eso se refleja, por ejemplo, en sus muertos por Covid-19, donde la tasa de fallecidos es la tercera más alta del mundo industrializado – solo superada por las de Bélgica y España – y pronto alcanzará el cuarto de millón de personas.

 

La pandemia, precisamente, ha exacerbado esas divisiones. Estados Unidos probablemente saldrá de la recesión del Covid-19 más deprisa que la Unión Europea. Pero su recuperación tendrá muy probablemente forma de ‘K’. Es decir, para unos cuantos – los menos – la reactivación será muy rápida, si no es que ya ha empezado con la espectacular subida de las bolsas desde abril, pero para otros, para la mayoría, la recesión durará probablemente un año más.

 

La división entre republicanos y demócratas y, a su vez, entre demócratas, por la cuestión de la deuda de los estudiantes ejemplifica cómo puede ser el debate en política económica en 2021. Por un lado, si gana Trump, es muy probable que nada cambie, a pesar de la recuperación en forma de K. Pero, si es Biden el que se va a la Casa Blanca, la cosa es un poco más complicada. Joe Biden es un centrista puro y duro, como también lo es su compañera de ‘ticket’, Kamala Harris. De hecho, si hay algo que defina a Harris es, más que su ideología, su ausencia de tal cosa, y su ambición.

 

Sin embargo, para apaciguar a Sanders y a Warren, que representan la todavía minoritaria pero creciente ala izquierda del Partido Demócrata, Biden ha tenido que captar un equipo económico en el que combina a varios de sus asesores durante la presidencia de Obama con la jefa del equipo económico de Warren, Julie Siegel, y varios expertos que proceden del mundo sindical. En este último grupo está también Stephanie Kelton, la creadora de la controvertida ‘Teoría Monetaria Moderna’, que sostiene que las políticas fiscales deben jugar un papel más activo vía gasto. Si bien es cierto que en el caso de que Biden gane -y a la hora de escribir estas líneas va por delante de Trump en casi todas las encuestas- lo más probable es que el ala izquierda de su equipo vaya perdiendo progresivamente influencia. Más aún si como parece son los centristas del Partido Demócrata los que pueden llegar a hacerse con el poder en el Senado (se eligen 35 senadores) y la Cámara de Representantes, que se renueva al completo.

 

Pero, más allá de lo que pase el 3 de noviembre, persiste el mismo problema: ¿qué hacer con las desigualdades? Para Donald Trump y para el Partido Republicano, eso no es un problema porque la desigualdad o no existe o es responsabilidad del individuo. El problema es que la realidad es tozuda, y se empeña en demostrar que ése no es el caso. Hasta el 40% de los ingresos de los agricultores estadounidenses proceden del Estado, bien en forma de subvenciones, de créditos garantizados por el Estado, o de otras ayudas. Y el propio Gobierno de Donad Trump ha ensayado, aunque con la boca pequeña, un plan de ingreso mínimo universal con sus cheques de 1.200 dólares a todos los ciudadanos con ingresos inferiores a 90.000 dólares anuales por el Covid-19. Cuando la reactivación comience en serio, los estadounidenses van a seguir dependiendo del Estado más que nunca. Y el debate sobre la desigualdad va a alcanzar un tono estridente.