Usamos cookies propias y de terceros para mejorar servicios y mostrarle publicidad de su preferencia mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso.

Miércoles, 08 de abril de 2020

Pulse en el valor para ver ratios >

Publicado en CONSENSO Lunes, 24 de febrero de 2020 00:00

¿Qué le pasa a Japón?

José Ramón Díez (Bankia Estudios) | Aunque se esperaba una fuerte caída del PIB en Japón en el cuarto trimestre, sorprendió su intensidad, pues la actividad se contrajo un 6,3% en términos anualizados, prácticamente duplicando las previsiones más negativas.

 

El ajuste de la producción ha tenido su origen en la subida del IVA del 8% al 10% en el mes de octubre, además de en las distorsiones en la oferta provocadas por los tifones que asolaron el centro del país en el mismo mes. El resultado ha sido un desplome del consumo privado (-2,9% trimestral), de la formación bruta de capital fijo (-2,6%) y de las importaciones (-2,6%). Por tanto, el enésimo intento del gobierno para intentar equilibrar las cuentas públicas (muy afectadas por el envejecimiento de la población) con subidas de la imposición indirecta ha terminado de la misma manera que los anteriores (1997, 2004).

 

Esto pone de manifiesto que, también en economía, la repetición de experimentos bajo las mismas condiciones suele terminar produciendo los mismos resultados. A corto plazo, los datos del primer semestre van a estar distorsionados por un cúmulo de factores, como los efectos del coronavirus en el turismo chino y en las cadenas de valor o la celebración de los Juegos Olímpicos en Tokyo durante el próximo verano. Pero la realidad es que, más allá de si la economía puede volver a entrar en una situación de recesión técnica en el primer trimestre de 2020, lo importante es que el país presenta una situación de “estancamiento secular” desde hace tres décadas, como refleja un crecimiento medio del 1% a lo largo de ese período de tiempo.

 

Por tanto, a estas alturas de la película ya se puede decir que las “tres flechas” del programa de revitalización económica puesto en marcha por Shinzo Abe en 2013 (flexibilización monetaria, política fiscal expansiva y reformas estructurales para impulsar la inversión privada) no han impactado en el centro de la diana, pues ni la actividad termina de recuperarse, ni la inflación se aproxima al objetivo del 2%. Probablemente, como comentábamos anteriormente, porque la combinación de política económica no ha sido muy diferente a la de otras ocasiones y, por tanto, no ha incidido en las deficiencias estructurales de un país que se terminan reflejando en el bajo crecimiento potencial.

 

De manera que la profesión económica sigue intentando desentrañar el enigma que supone el largo período de glaciación de la economía japonesa. En un principio, por la anomalía que suponía ese comportamiento, cuando la mayoría de las economías OCDE apenas estaban saliendo del período de estanflación de la década de los 70. Sin embargo, el descenso tendencial de los ritmos de crecimiento potenciales, la caída de los tipos de interés naturales, la dificultad de los bancos centrales para alcanzar, de forma estable, los objetivos de inflación o el progresivo envejecimiento de la población son algunas de las características que han presidido el comportamiento de buena parte de los países desarrollados desde la última crisis.

 

Por tanto, se repite, en mayor o menor medida, el desempeño de la economía japonesa en las últimas tres décadas. Así, ahora, el interés por analizar las características, causas y consecuencias del fenómeno económico llamado “japonización” se acrecienta, según el patrón de comportamiento de muchos países se empieza a parecer peligrosamente al japonés.

 

La primera lección que se extrae del caso japonés es que, una vez que las expectativas de los agentes se acostumbran a ese estado latente de la actividad, es muy difícil salir del mismo. La segunda es que la demografía ha jugado un papel muy importante en la atonía de la actividad; no en vano, el inicio de la japonización coincidió con el momento en el que la población activa alcanzó un máximo (1991). La caída de la tasa de natalidad desde 1,8 hijos por mujer en edad fértil en 1985 a 1,4 en la actualidad y, especialmente, el aumento de la esperanza de vida a la edad de jubilación desde 13 a 22 años han convertido a Japón en el país más envejecido del mundo.

 

Si el envejecimiento de la población fuese el factor clave detrás del estancamiento japonés, las dos docenas de países con tendencias demográficas parecidas a las del país nipón estarían abocados a un proceso de deterioro estructural parecido. Sin embargo, la opinión mayoritaria es que, además de inercias estructurales, se cometieron errores de política económica a principios de la década de los 90 que cronificaron los problemas.

 

Esos errores se pueden resumir en: i) la ausencia de una respuesta agresiva de la política monetaria cuando se inició la crisis; ii) una utilización errónea de la política fiscal; y iii) una crisis bancaria afrontada con lentitud y poca decisión. Hubo que esperar casi 12 años tras el inicio de la crisis para ver una activación simultánea de todas las herramientas de política económica. Pero, casi dos décadas después, la eficacia de todas las medidas puestas encima de la mesa sigue siendo muy discutible. Quizás, porque la parte más necesaria para intentar recuperar el crecimiento potencial (reformas de oferta) es la más complicada de implementar, mientras los grados de libertad de las políticas de demanda tradicionales están agotados. Lecciones que deberíamos tomarnos en serio en Europa. 

Aviso:  Acceda al contenido completo de Consenso del Mercado sumándose a nuestra Zona premium.