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Publicado en CONSENSO Lunes, 31 de octubre de 2016 00:00

Rajoy, el hombre 'que no podía gobernar' vuelve a ser presidente

Fernando Barciela | Dicen del líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, 61 años, que 'es la única criatura en la Tierra que avanza sin moverse'. Así es. Su estrategia se ha revelado totalmente exitosa: esperar hasta ver pasar delante de su puerta el cadáver de su enemigo, sin ir a por él directamente, sino dando tiempo a que, como 'las cosas son como son', así tendrían que suceder.

 

Su fe en la primacía del sentido común se ha visto confirmada una vez más y como tantas veces antes. Si el mundo no ha acabado rematadamente loco, las cosas no podrían suceder de otra manera, pensaría él.

 

A fin de cuentas su partido había sido el más votado y había avanzado entre los dos comicios, y su adversario, Pedro Sánchez, el líder socialista, atenazado por las decisiones del Comité Federal y una rebelión de las élites de su partido ‘in crescendum’, no estaba en condiciones de salirse con la suya.

 

Se entiende ahora la bonhomía, y hasta la sonrisa que se diseñaba en su rostro cuando un casi colérico Sánchez le gritaba, demudado. ‘¿Cuál de las partes del no no entiende usted Señor Rajoy?’. ¿Lo vería, a su enemigo, como un perro ladrador, no mordedor? Posiblemente sí. No cabía otra opción que esperar, pensó este político, paciente hasta la exageración.

 

Lo cierto es que, diez meses después de las primeras elecciones de diciembre, y con otras de por medio en junio, Mariano Rajoy ha vuelto a ser investido presidente.

 

Hace unas semanas, nadie apostaría en los sitios de juego electrónico por él. Y aún cuando todos sabían que las conversaciones del joven – e inexperto – líder socialista con todas las formaciones políticas no podían dar ningún resultado, ahí estaba la posibilidad de unas terceras elecciones. E incluso la de que, presionado por las acusaciones de no ser tan ‘patriota’ como se declaraba, acabara arrojando la toalla y marchándose a su casa. El PP seguiría gobernando, pero no con él al frente.

 

Diez meses como los que aguantó, con una resiliencia casi inhumana, no los suporta cualquiera. Ahora es fácil decir que sí, que tenía las mejores cartas, que los otros iban de farol y todo eso. Pero en la pasada primavera, es posible que hubiera estado por un tris de pasar a la historia y volver a su despacho de registrador.

 

Hubiera bastado que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, se hubiera mostrado algo menos soberbio y que – no es tan improbable como pueda parecer – Albert Rivera, de Ciudadanos, se hubiera tapado la nariz y dicho sí a un tripartito de centro con el apósito de los radicales.

 

No era tan descabellado. Podían haber sacado todas las leyes que hubieran querido. Y cuando se hubiera tratado de normas apestosas para Podemos siempre podían conseguir el apoyo del PP en las cámaras. No sería nada difícil mantener a los podemitas en la irrelevancia y darles unos cuantos juguetes – igualdad de sexos, política religiosa… –, para que se entretuvieran.

 

Ni aún en esos momentos de incertidumbre dio Rajoy la impresión de haber perdido la calma. Tanto él como los restantes miembros de la cúpula del partido se limitaron entonces, y después, a lo largo de diez meses, a repetir unos argumentos muy entendibles por la opinión pública: que si el PSOE no podía formar gobierno y no se querían terceras elecciones, no había más salida lógica que dejarles gobernar. O a formar una coalición. No era tan raro. Se había hecho en Alemania y en otros 13 países de Europa.

 

Es posible que Rajoy se riera por dentro al escuchar las argumentaciones enrevesadas, intrincadas, absurdas, lunáticas de Sánchez y sus ‘boys’, que nadie sensato entendía y que solo podían ser entendidas por esa particular tribu de sectarios, tan típica del panorama político español.

 

Muchos le quitan ahora algo de fulgor a su capacidad de resistencia, señalando que ‘si pudo mantenerse’ fue porque no se encontró con una oposición interna como la de Sánchez en su partido. Habría que preguntarse por qué. ¿Quizá porque a la gente de Rajoy le parecía lógico lo que él decía. Y estaban dispuestos a morir con él, antes de practicar la felonía, a él, que había subido escaños, de mandarle a casa? ¿Y quizá también por que las posiciones de Sánchez no las entendían siquiera sus propios compañeros?

 

Lo más importante no es que Rajoy se haya salvado, que también, porque le da al país y a los inversores y empresarios razones para seguir confiando en España, sino porque ha salvado al país de lo peor que le podía suceder: un regreso a etapas de desgobierno, que en este caso hubieran podido ser aún más sangrantes para el país.

 

Sólo cabe esperar que la investidura no sea un mero gesto sino que de paso a un esquema de cooperación que permita un gobierno estable durante cuatro años, algo que muchos periódicos extranjeros ponen en cuestión estos días, quizá debido a las palabras del presidente de la Gestora del PSOE que no le van a dar un ‘cheque blanco’ al presidente.

 

Cheque blanco no, pero todo indica que el PSOE de Sánchez, pese a la radicalidad de su militancia, está enterrado. Los que mandan ahora en Ferraz tratarán de capitalizar su apoyo a Rajoy logrando que este ponga en marcha, además de su política habitual – que seguramente seguirá, porque es la única posible en Europa – algunas medidas de tinte claramente socialista, para justificarse ante la opinión pública.

 

El gran problema es qué hacer con esa militancia, que se ha hecho con los resortes del poder en las agrupaciones, y que resulta bastante peligrosa, para el PSOE y para los demás. Quizá les convenga llamar a Alfonso Guerra. Él sabía normalmente cómo resolver esos entuertos. Además, siempre cabe que se vayan a Podemos.  

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