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Publicado en GESTORES Viernes, 20 de diciembre de 2019 08:00

Boris y Donald, esa extraña pareja de cómicos que, por fin, hace sonreír a los mercados

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | Por una de esas extrañas casualidades de la Historia, el pasado 12 de diciembre se despejaron a la vez dos de las grandes asignaturas pendientes que arrastraban los mercados durante 2019: Trump daba marcha atrás en sus guerrillas comerciales con China, al mismo tiempo que su alter ego británico Johnson arrasaba en las elecciones generales y lograba impulsar su peculiar versión del Brexit (peor que la negociada por May con Europa), la que convertirá al Reino Unido en un país más pobre, más pequeño y más dependiente de la soberanía de esa Unión Europea que ha sabido hacerle frente con una sola voz.

 

 

Los mercados y los gestores de fondos respiran más tranquilos, se anotan un fin de año alcista y ven cómo se aclara más el panorama de cara al ejercicio 2020.

 

Si no fuera porque los dos están más bien entrados en carnes, Donald y Boris podrían ser la versión “post-fake news” del Gordo y el Flaco. Se han ganado, por meritos propios, el título de mejor pareja cómica del año. Ambos han hecho sudar sangre a los mercados, pero, al final, queda claro lo que querían: el primero, aparentar fortaleza para afrontar el “impeachment” y su año electoral –aunque en realidad su “America first” sea ya un “America subprime”–, mientras que el segundo por fin logra lo único que le importaba, ser primer ministro con un respaldo en las urnas nunca visto desde la “Dama de Hierro” y tener las manos libres para ratificar un acuerdo del Brexit peor que el de su predecesora, la torpe May. Porque el acuerdo que ahora Johnson tiene mayoría absoluta para aprobar deja a los británicos sometidos durante un largo periodo transitorio a la soberanía europea sin poder decir ni “mu” en Bruselas. Dentro de lo malo, esta versión del Brexit es la menos mala para Europa, ya que ésta impone a Londres sus condiciones al tiempo que se libra de un socio incómodo que históricamente no ha dejado de poner palos en las ruedas reformistas de Bruselas. Europa será ahora más pequeña y también algo menos rica, pero seguirá avanzando, mientras que el Reino Unido no tendrá más remedio que aceptar casi todas las imposiciones comunitarias… a no ser que prefiera arrodillarse definitivamente ante un Trump que, sin duda, intentará sacar tajada de la soledad de su gran aliado. Las últimas baladronadas de Boris, que días después de arrasar en las urnas prometió un Brexit rapidísimo, además de volver a poner algo nerviosos a los mercados (caída de la libra incluida) y a Bruselas, se quedarán sólo en eso. Quizás el nuevo primer ministro no se ha dado cuenta de que, aunque ahora tenga a Westminster domesticado, debe de seguir aceptando lo que ya le han dicho los otros veintisiete parlamentos que hablan con una sola voz, la de la Europa unida.

 

Reconozco que me equivoqué al soñar con un segundo referéndum. Ahora, por desgracia, no hace falta (a no ser que Escocia e Irlanda del Norte se pongan muy, muy firmes en sus impulsos independentistas). Queda claro que en estos tiempos tristes y desinformados pesa más en las urnas cualquier mentira bien contada que una verdad a medias y mal presentada. Los británicos, en definitiva, han votado lo que quieren: olvidarse del Brexit a cambio de ser más pobres, de acatar todo lo que diga Bruselas si desean seguir comerciando con Europa y de llenarse de inmigrantes extracomunitarios que sustituyan a los comunitarios (¡y eso que los más racistas “brexiters” clamaban contra la inmigración!). Las islas tendrán que abrir más sus fronteras (ya lo están haciendo ante la fuga de europeos) a nuevos profesionales llegados de más allá de Europa y que sin duda enriquecerán con sus culturas, sus religiones y sus tradiciones incluso a ese norte pobre de Inglaterra, ya saben, la deprimida tierra de Billy Elliot y de “Full Monty”, que antes votaba laborista y ahora ha dado su apoyo masivo a ese Boris y a ese Brexit que sin duda acentuarán la depresión de esas regiones.

 

Aunque los mercados respiren más tranquilos, el triunfo de Boris no es una buena noticia para el medio y largo plazo. Pese a su mayoría absoluta parlamentaria, el nuevo primer ministro no es, para nada, su admirado Winston Churchill. Y muy pronto, a medida que avance el periodo transitorio del divorcio con Europa, se enfrentará a la cruda realidad. Pero lo hará con una sonrisa, porque ya tiene lo que quería. Se amarrará al sillón aunque Escocia e Irlanda se le subleven, aunque no pueda hacer nada con Gibraltar sin la aprobación de España (el contencioso ya no será entre dos socios comunitarios, sino entre un socio comunitario y un país tercero ajeno al club) y aunque Bruselas le marque el paso para que el Brexit sea, sobre todo, lo menos dañino posible para el resto de Europa e incluso para los propios británicos inconscientes que lo han respaldado en las elecciones generales del 12 de diciembre.

 

El resultado final podría ser un desmembramiento del Reino Unido, si los escoceses, que votaron sí en el anterior referéndum convencidos de que así seguirían en la Unión Europea, aceleran con un segundo plebiscito y ahora votan por la independencia para poder seguir en Europa antes de que el Brexit se consume. Eso, y una rebelión similar en Irlanda del Norte, sin duda más deseosa ahora de unirse a su muy europeísta vecina Irlanda, quizás acabe amargando el mandato de Boris y volviendo a complicar el Brexit.

 

Conviene precisar –por si alguien aún lo duda– que el caso escocés es muy distinto del catalán. Primero, porque allí es legal la fórmula del referéndum. Y segundo, porque Escocia no quiere irse y quedarse a la vez, es decir, salir de un estado comunitario para luego pedir el ingreso en la Unión (¿recuerdan a ese iluminado independentista catalán que dijo que seguiría conservando el DNI español, con todas sus ventajas, una vez lograda la independencia catalana?). Escocia pretende lo contrario: los escoceses quieren quedarse en la Unión Europea antes de que Londres les saque a la fuerza. Y tal vez lo consigan antes de que se consume el Brexit. Y lo mismo podríamos decir de Irlanda del Norte… e incluso de Gibraltar (a lo mejor prefieren un estatus de relación privilegiada con España para seguir disfrutando de la UE en vez de continuar amarrados a las decisiones británicas).

 

Mientras Boris se regodea –por ahora– en su mayoría absoluta, al otro lado del Atlántico su amigo Donald está dispuesto a darle un fraternal abrazo de oso, salvo que las urnas de noviembre de 2020 o el “impeachment” recién lanzado contra él le recorten las garras. Como también querrá abrazar a Johnson, desde el otro extremo del mundo, el gigantesco oso panda chino, cada vez en mejores relaciones con Europa y deseoso de que los dos cómicos acaben también comiendo de su mano y hasta usando móviles Huawei, como los buenos chicos que en realidad son y que con sus travesuras sólo querían mantenerse en el poder.

 

Entre tanto, con la guinda del tranquilizador estreno de Lagarde al frente del Banco Central Europeo, cada vez menos analistas hablan ya de recesión a la vista. Así que, calma en las carteras de fondos y FELIZ AÑO NUEVO… aunque te llames Elliot y, por culpa del Brexit, tengas que hacer un “Full Monty” ante Europa, Estados Unidos y China tras haber renunciado a tu soberanía y ciudadanía europeas. 

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