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Publicado en OPINION Viernes, 24 de mayo de 2019 00:00

¿Entiende usted los folletos de los fondos de inversión?

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | “Que la CNMV autorice el folleto de emisión no quiere decir que la información contenida en el folleto sea correcta”. Palabras pronunciadas durante una sesión (la del 7 de mayo) del juicio del “caso Bankia”. ¿Qué pensarían, al oírlas, los responsables de las gestoras de fondos, siempre quejosos de los requisitos del supervisor en torno a la redacción y al contenido del famoso folleto de los fondos?

 

¿Y qué pensarían, sobre todo, al constatar que esas palabras fueron de Julio Segura, quien fuera presidente de la CNMV entre mayo de 2007 y octubre de 2012? Segura justificaba así que aprobara el folleto de la salida a Bolsa de Bankia, ya que “la corrección es responsabilidad de quienes elaboran las cuentas y de los auditores, pero no de la CNMV”. Añadió que la información del folleto “que entraba dentro de la competencia” de la Comisión sí era “correcta”. ¡Menos mal!

 

Luego, ¿quién tenía que haber verificado que el folleto de la salida a Bolsa de Bankia fuera correcto? ¿El Banco de España? ¿Los auditores? ¿El consejo de administración de la entidad? Porque, en lo que al parecer no correspondía a su ámbito, la CNMV se limitó a aprobar un folleto que no necesariamente era correcto. ¿Era ámbito y competencia de la CNMV que los potenciales compradores de acciones de Bankia tuvieran un folleto correcto con el que informarse antes de invertir? Al parecer, según Julio Segura, eso era competencia de otros, no del máximo organismo regulador del mercado bursátil…

 

¿Ocurre lo mismo en otros mercados supervisados por la CNMV? En las más de tres décadas que llevo hablando con gestores de fondos, no he dejado de oír críticas, quejas y lamentos sobre el maldito folleto de los fondos. Hace muy poco, una analista de una gestora me comentaba que la CNMV les había obligado a borrar una frase… ¡que la propia Comisión había añadido en la revisión anterior de ese mismo folleto!

 

“¡Si no lo entiende el ministro, cómo lo va a entender la gente!”, decía Alfredo Pérez Rubalcaba cuando, desde la cartera de Educación, repasaba todos los textos de la LOGSE (Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo) y los devolvía a sus colaboradores llenos de notas. Lo confesó uno de esos colaboradores, Alejandro Triana (actual secretario de Estado de Educación), un día después del fallecimiento del añorado político cántabro (véase El País de 11 de mayo). Tiana añadió que Rubalcaba “pedía que siempre se redactasen los artículos de la ley de forma muy didáctica, coherente y comprensible”. Para que todo el mundo los entendiese. Y eso, que se entienda, debería ser el primer requisito para considerar correcto un texto, sea éste una ley, un reglamento… o un folleto de fondos de inversión.

 

¿Entiende usted el folleto informativo de su fondo de inversión? O, lo que es casi igual de pertinente: ¿ha conseguido leérselo de cabo a rabo? Reconozcamos que quienes nos hemos leído alguna vez los folletos de los fondos quizás seamos menos que quienes nos hemos leído la Iliada o que quienes no han visto Juego de Tronos… Pero a lo mejor es por algo: porque los folletos a veces no los entiende ni un ministro… ni un supervisor de los mercados. Quizás porque los escriben financieros y los corrigen juristas. ¿No estaría mejor que la redacción final corriera a cargo de profesionales de la escritura y de la información?

 

En 1998, mucho tiempo antes de Julio Segura, la CNMV contrató a un reducido equipo de profesionales de la redacción financiera para dar clases de eso mismo a buena parte de sus directivos. Lo mismo hicieron entidades como Fibanc o BBVA, entonces muy preocupadas porque sus papeles se entendieran. Desde entonces, ni yo ni ninguno de los otros miembros de ese equipo de profesionales de la escritura hemos vuelto a pisar la CNMV para estos temas. Aunque a lo mejor lo han hecho otros… o da lo mismo darle vueltas y vueltas a la redacción de un folleto que, al final, casi nadie se lee y cuyo contenido, además, puede que ni siquiera sea correcto. Qué desperdicio.  

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