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Miércoles, 15 de julio de 2020

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Publicado en OPINION Sábado, 18 de julio de 2015 02:00

En España ahora ya no toca gobernar, sino ganar elecciones

Joan Tapia | Se ha acabado el tiempo de la gestión económica. Entramos en campaña electoral. Ahora lo único que cuenta es ganar. El año 2016 está lejos, excepto para la propaganda. Ese parece el diagnóstico de la España de julio de 2015 que vendría a evidenciar que no sólo tenemos un modelo productivo con demasiadas inercias y resistencia al cambio, sino que el modelo político sigue siendo bastante primitivo.

 

 

La economía va bien. El FMI confirmó el 9 de julio que España será el país de la eurozona que mas crezca en 2015 (un 3,1%), aunque habrá una ligera desaceleración el próximo año. Además, se crea empleo y el consumo se recupera. Pero el mismo Olivier Blanchard, Economista-Jefe del FMI, puntualizó que no le gusta hablar de milagro español porque hace poco que hemos tenido un exceso de emergencias y eso obliga a la prudencia.

 

El principal problema es que la calidad del crecimiento ha mejorado menos de lo conveniente. La deuda sigue siendo una de las mas altas del mundo, lo que es una espada de Damocles. Si la crisis griega se complica, ¿qué pasará con la prima de riesgo y con los costes de financiación de la empresas españolas? El déficit público fue en 2014 el más alto de la UE y el motor del crecimiento ya no son -como hasta hace poco– la exportación, ni la industria, sino el consumo, que impulsa hacia arriba las importaciones y el déficit comercial. De momento, nada grave porque el precio del petróleo está bajo, pero…

 

No obstante lo más preocupante es que el Gobierno ha decidido que el frente económico sólo debe aportar buenas noticias. Y que hay que aprovechar el momento y hacer populismo: bajar impuestos e inyectar dinero a la economía. Bajar impuestos ahora es algo que ni la Comisión Europea ni ningún organismo internacional solvente recomiendan –la deuda pública y el déficit son demasiado altos- y hay nubes como la crisis griega o un temido parón chino en el horizonte internacional. ¡Qué importa!

 

Asustado por el voto de castigo en las elecciones municipales y autonómicas y por el ascenso de Ciudadanos (mayoritariamente a costa de electores populares), el PP ha decidido que el discurso de que “España va bien” ya no basta. Los españoles deben notarlo, y para ello hay que bajar el IRPF y las retenciones (las de los autónomos pasarán del 19 al 15%) a mitad de año. No tiene justificación de ningún tipo -salvo la de inyectar optimismo (en parte falso) antes de las elecciones- bajar el IRPF a mitad del año. Y menos aún cuando el Gobierno admite que mientras baja impuestos ha tenido que volver a recurrir a “la hucha de las pensiones” para abonar la paga extra de junio a los pensionistas. Y parece que se preparan mas alegrías electorales en IVA, pensiones y funcionarios. Claro que todo se puede justificar. Un analista conservador sintetiza: “es que si no toman estas medidas, pierden las elecciones, y no conviene”.

 

El Gobierno Rajoy no ha aprovechado su mayoría absoluta para hacer lo que tenía que hacer (sólo en economía lo ha hecho, y parcialmente). Pero ni ha reducido la tensión política ni ha normalizado el diálogo. Se ha pasado media legislatura dando vueltas al aborto, a las tasas judiciales, a la prisión permanente revisable y a la ley mordaza y ahora se topa con una ola de desconfianza y de protesta social que puede hacerle perder las elecciones. O dejarle tan lejos de la mayoría absoluta que le sea difícil, o directamente imposible, alcanzar un pacto de gobierno con cualquier otra fuerza política que no sea el PSOE.

 

Además, Rajoy sólo apuesta por la apertura al centro como cosmética. Por eso ha cambiado algo la estructura del partido pero ha dejado intacto a un Gobierno que en las encuesta del CIS es el peor valorado de la historia. Presentar a la nueva presidenta autonómica de Madrid como la encarnación del nuevo PP está bien pero tiene un efecto limitado, entre otros motivos porque Cristina Cifuentes –ciertamente más contemporánea que Esperanza Aguirre- tampoco es lo nunca visto.

 

El único cambio en el Gobierno es el del tan discutido ministro de Educación, José Ignacio Wert, que se ha producido sólo porque Wert ha decidido contraer matrimonio con su antigua secretaria de Estado y vivir en París, donde Gomendio tiene ahora un alto cargo internacional. ¡Qué forma tan curiosa de mejorar la imagen de un Gobierno! Claro que todo puede empeorar si –como se rumorea- Wert es nombrado próximamente embajador en París ante la OCDE.

 

El PP no ha sabido hacer en tres años un discurso integrador ni tejer complicidades políticas (tampoco parece que lo haya intentado) y ahora opta por una campaña binaria de brocha gorda. Por una parte va a decir: lo hemos hecho muy bien, la economía está en marcha, ya estamos bajando los impuestos como prometimos y ponemos dinero en los bolsillos de los contribuyentes para afianzar la recuperación. Y todo va a continuar así porque ya hemos demostrado otras veces (no conviene citar a Rodrigo Rato) que sabemos reanimar la economía española. Y Grecia no nos afecta.

 

En el lado negativo va a insistir en que la alternativa –el PSOE- no está a la altura porque ha pactado en las municipales con los extremistas de Podemos y va a repetir el pacto –si puede- para el Gobierno de la nación. No importa que Felipe González pactara con el PCE de Carrillo en las municipales del 79 y luego lo liquidara con la mayoría absoluta. Ahora con Podemos no va a ser así y en todo caso mejor no recordarlo. Un gobierno del PSOE con Podemos es lo que le espera a España si los votantes son cenizos y se fijan demasiado en los pecados del PP “tan jaleados por las televisiones”. El caso Bárcenas es una desgracia que le puede pasar a cualquiera y lo de Cataluña es grave –por la deslealtad de Artur Mas- pero lo sería mas si Pedro Sánchez estuviera en la Moncloa y quisiera resolver el problema haciendo concesiones al nacionalismo. Y los tentados de votar a Ciudadanos que sueñan con ver al economista liberal Luis Garicano de vicepresidente económico de Pedro Sánchez pueden despertarse con un gobierno de Frente Popular en el que el vicepresidente no sea ni Garicano ni Rivera sino Pablo Iglesias, el admirador de Venezuela.

 

En resumen, el PP va a basa su campaña en difundir y elevar a la enésima potencia los méritos propios, en inyectar dinero para demostrar que la buena marcha de la economía llega a los bolsillos de los ciudadanos, y en lograr que los españoles cojan miedo ante la posible alternancia. Y ante lo que ha pasado en Grecia con Syriza.

 

¿Comprará la clase media española este discurso tan simplificado? No se sabe, pero es un tipo de campaña –quizás el más fácil a corto o el único que puede hacer Rajoy a esta altura de la película - que en todo caso no va a ayudar al PP a gobernar (si gana) los próximos cuatro años. Y enturbia la discusión económica con simplificaciones y demagogia.

 

Entre otras razones porque el PSOE va a estar impelido a contestar con la misma brocha gorda. Pedro Sánchez quiere dar una imagen de centro-izquierda responsable. El nombramiento de Jordi Sevilla (un economista experimentado) como ministro de Economía en la sombra es un claro ejemplo. El de un destacado grupo de catedráticos de Derecho para preparar una reforma responsable de la Constitución es otro.

 

Pero estos gestos –para ganarse la confianza de la clase media y de los mercados- van a estar acompañados de brocha gorda contra los recortes y las reformas del PP, que van a ser culpables de todos los males españoles. Y estas desgracias van a subir de grado a medida que el PP acuse a al PSOE de la herencia de Zapatero, de inmadurez política y de ser aliados de la extrema izquierda de Podemos. Y en algunos aspectos –por ejemplo, en la reforma laboral- el PSOE ya está cayendo en esta tentación. Pero claro, si Rajoy dijo en 2010 que el ajuste de Zapatero era “el mayor recorte social de la democracia” y se negó a votar el paquete de medidas que salvó a España de la intervención (y que sí fue apoyado por Duran Lleida y Artur Mas) es hasta cierto punto inevitable (aunque desafortunado) que el PSOE descalifique absolutamente toda la política económica de Rajoy, que en parte no es sino continuación de lo iniciado por Zapatero en marzo del 2010: un programa de ajuste aconsejado por Bruselas.

 

Que en las campañas electorales haya mucha brocha gorda pasa en todos los países y es bastante inevitable. Lo que ya dudo es que el nivel de brocha gorda y de descalificación mutua al que hemos llegado sea homologable con Europa. Y lo más preocupante es que la crispación puede ser superior a la de la horrenda campaña del 2011. La dureza de la crisis no ha enseñado a los políticos españoles a explicarse más y vociferar menos. A ser más humildes y menos prepotentes. A intentar que el ciudadano razone sobre los problemas y no condene sin remisión todo lo molesto.

 

Dicen que las ideas falsas y el desconocimiento de los ciudadanos dañan la marcha de la economía. La campaña electoral de 2015 no va a cambiar las cosas. Malo para la legislatura 2016-2020. ¿Inevitable? Sólo en parte.

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