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Publicado en OPINION Miércoles, 20 de mayo de 2020 00:00

Comer solo

Keith Godfrey | “Comes solo, te atragantas” es un antiguo proverbio cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. En los círculos mafiosos resume el implacable sentido de unidad de la familia en la consecución de sus intereses. Y sin embargo, incluso en las familias mafiosas mejor dirigidas, de vez en cuando, esos intereses divergen.

 

Cuando eso sucede, del miembro de la familia que rompe filas se dice que “come solo”. Queriendo decir que sucederán cosas malas. Y lo que es peor, sea debido a la falta de protección o por exceso de ésta, comer solo es malo para los negocios.

 

La semana pasada, mientras hacía skype con un amigo en Hanover y le describía el confinamiento al que nos ha llevado el Covi-19 en Madrid, mencioné por casualidad la indignación que me produjo encontrar mascarilla y guantes tirados en la calle durante mis paseos –estrictamente limitados- para pasear al perro. Su reacción fue de horrorizada incredulidad. Al pertenecer a otra cultura no podía comprender que en un momento como éste, alguien pudiera hacer semejante cosa, que el sentido del deber cívico germano haría extremadamente improbable o imposible.

 

Aparte de las diferencias culturales y cívicas, este hecho de tirar material de protección personal en el espacio público aunque sorprendentemente desconsiderado no tiene importancia en sí mismo, ilustra algo mas profundo e importante, lo radicalmente distintas que pueden ser nuestras reacciones ante un problema existencial común.

 

Si aún quedase alguna duda, la situación actual confirma la realidad de la hiperconectividad del mundo hoy día. Sabemos que las consecuencias de la decisión tomada por un funcionario de sanidad en una ciudad china repercutirán en cuestión de semanas en un panadero de Móstoles. Así que ¿por qué todavía nos agarramos obstinadamente a la creencia de que existen soluciones localistas a problemas mundiales?

 

Mientras el mundo atraviesa esta crisis sin precedentes, vemos los sistemas de gobierno, financieros y económicos de todo el mundo sometidos a lo que se consideraban pruebas pruebas de stress “teóricamente extremos”. La mayor parte de la población se ocupa en culpar o alabar a los que toman decisiones por nosotros. No importa quiénes sean: los EEUU, la OMS, Trump, el BCE, Italia, China, Madrid, Cataluña, la prensa, los medios, etc. Si ya nos obsesionaban antes, ahora que tenemos la excusa perfecta mucho mas.

 

Sin embargo la mera dimensión del problema y la complejidad de las variables hace bastante menos importante qué país, región o ciudad toma determinada medida o sufre determinado nivel de mortalidad. Nos quedamos sin una escala con arreglo a la que medir la efectividad de nuestra respuesta colectiva a la amenaza. Nuestras soluciones están indisolublemente ligadas a las de nuestros vecinos, colaboradores y competidores. ¿Estamos usando el juego de la distracción de nombrar culpables porque no deseamos enfrentarnos a la difícil verdad? ¿Cuándo admitiremos que las amenazas mundiales requieren soluciones a nivel mundial?

 

He oído decir a muchos en estas últimas semanas que junto con la expansión del coronavirus, estamos lidiando también con una pandemia paralela de estupidez generalizada. No estoy seguro de estar de acuerdo con eso. Quizás mas que estupidez es una falta crónica de perspicacia o imaginación. Y quizás la pandemia del coronavirus no discurre paralelamente a ésta, sino que puede estarla influenciando. Hay señales de que algunos principios de nuestra ideología del “interés personal” ampliamente aceptada han comenzado a verse frenados por este virus. Ideas e iniciativas que hasta hace muy poco se consideraban inaceptables se han empezado a considerar y en algunos casos se han puesto en práctica.

 

Lo mas probable es que las perturbaciones causadas por los tsunamis sociales, políticos y económicos facilitarán y, es más, exigirán que se reconsideren conceptos hasta ahora impensables y heréticos... un mayor papel del estado, intervención del estado en la industria privada, una renta universal, una profunda reorganización y refuerzo de la cooperación multilateral, un cambio en las prioridades de la investigación científica y médica, esfuerzos significativos hacia una colaboración a nivel mundial sobre sostenibilidad y desigualdad, etc.

 

Cualquier mención a todo esto en 2019 se hubiera rechazado como fantasías liberales imposibles de llevar a cabo, pero las circunstancias dictan lo que se considera viable y lo que no... Así que ahora en 2020, algunas de estas ideas no se ven tan absurdas. Ahora, quién se atrevería a predecir cómo serán consideradas en el 2021, 2021 o 2023. Por supuesto, no hay garantías de en qué dirección irán las cosas. Hay evidencia histórica de que un miedo, penuria, sufrimiento personal y económico tan generalizado pueden llevar a mas polarización, populismo, proteccionismo, y a un interés personal corto de miras, con poca visión de futuro.

 

Pero mientras las grandes crisis traen mucho sufrimiento e incertidumbre, también iluminan oscuros lugares recónditos de la sociedad en los que en épocas más tranquilas preferimos no entrar. Queramos admitirlo o no, tuvimos avisos mas que suficientes de una eventual pandemia de efectos devastadores. Los departamentos de salud gubernamentales, los epidemiólogos, los ecologistas, los diseñadores de test de stress e incluso los novelistas lo vieron como una posibilidad. Sin embargo nuestras ideologías llevadas de un egoísmo colectivo eligieron hacer caso omiso. Sería igualmente imprudente negar que pueda haber amenazas a nuestra existencia incluso mas difíciles en el futuro no demasiado distante.

 

Aunque la mafia ha demostrado que son capaces de florecer en este mundo globalizado, no creo que seguir su ejemplo sea el mejor enfoque. Así que si quieren usar otra metáfora, no hay problema. Pero hagámonos la pregunta desagradable: ¿Qué se necesita para que nos demos cuenta de que no deberíamos estar comiendo solos, o es que deseamos asfixiarnos?  

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