Oriente Medio revive la situación de 2022, aunque por ahora sólo se trata del riesgo de una crisis energética, no de una crisis estructural de suministro como entonces

Zouhoure Bousbih (Ostrum AM) | La guerra en Ucrania en 2022 desencadenó una crisis energética estructural para la economía mundial, y en particular para Europa, que importa la mayor parte de sus necesidades energéticas. La interrupción prolongada del suministro de gas ruso provocó un aumento persistente de los precios de la energía. Los gobiernos, las empresas y los inversores se vieron obligados a reevaluar rápidamente y replantearse sus prioridades en materia de inversiones, en gran medida al margen de consideraciones de rentabilidad a corto plazo, pero la diferencia fundamental es que, a diferencia de lo que ocurrió en 2022, en este caso no se trata (por ahora) de una crisis estructural de suministro, sino más bien del riesgo de una crisis energética.

Europa vuelve a ser la región más vulnerable, al igual que en 2022, ante esta nueva crisis energética. Si bien la región ha reducido su dependencia del gas natural licuado (GNL) de Qatar —cuya cuota en las importaciones totales de gas ha pasado de más del 30 % en 2017 al 8 % en 2025—, su suministro se ha fragmentado aún más. Italia sigue importando el 35 % de sus necesidades de GNL de Qatar, lo que la convierte en el país más expuesto a un rápido aumento de los precios del gas. Bélgica y Polonia también son vulnerables, ya que el 17 % y el 25 % de sus importaciones de GNL, respectivamente, siguen procediendo de Qatar. Esta vulnerabilidad energética se ve agravada por los bajos niveles de almacenamiento de gas. Las instalaciones de almacenamiento de gas de la UE solo estaban llenas en un 43 % a 28 de enero, un nivel inferior al de 2024 y 2025 y muy por debajo de la media de 2019-2025 (en casi 30 puntos porcentuales). De todos modos, sigue existiendo una diferencia importante con respecto a 2022: en 2026, la crisis energética depende principalmente de un escenario extremo —a saber, un bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz— que mantendría los precios del Brent en torno a los 100 dólares, y no de una interrupción del suministro ya realizada, como ocurrió en 2022.

De esta manera, la conclusión es que el conflicto de Oriente Medio está reavivando una situación de mercado que recuerda al de 2022, caracterizado por el regreso del dólar estadounidense como único activo refugio. Sin embargo, a diferencia de 2022, el impacto no es estructural, sino que actúa como catalizador de vulnerabilidades financieras preexistentes, especialmente en tecnología y crédito privado. El riesgo principal radica en la posible afectación financiera en caso de que la situación geopolítica se tensione.