El control efectivo de Groenlandia por parte de EEUU ya existe, aunque sea de facto y no de iure

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Pedro del Pozo (Mutualidad) | La idea de que un Estado pueda comprar un territorio entero en pleno siglo XXI resulta, cuanto menos, sorprendente. Sin embargo, en el contexto de la historia reciente y no tan reciente, esta posibilidad, aunque ciertamente infrecuente hoy en día, no es del todo inédita. La eventual compra de Groenlandia por parte de Estados Unidos —una propuesta insinuada en su día por la administración Trump— nos plantea una reflexión interesante, tanto desde el punto de vista histórico como estratégico, económico y geopolítico.

Es importante señalar que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los casos de compra formal de territorios han sido excepcionalmente raros. Existen algunos precedentes, como podría ser el caso de Pakistán hace más de cincuenta años, aunque se trató de una transacción parcial y específica. En cualquier caso, no es una práctica habitual en el contexto actual de relaciones internacionales, regido por principios de soberanía nacional y autodeterminación de los pueblos.

Sin embargo, si ampliamos el foco hacia el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, este tipo de transacciones territoriales eran considerablemente más comunes. Un ejemplo claro lo encontramos en la historia reciente de España: tras la pérdida de las colonias de Cuba y Filipinas en 1898, el gobierno español vendió los archipiélagos de las Islas Marianas y las Carolinas al Imperio Alemán. Asimismo, resulta paradigmático el caso de la adquisición de Alaska por parte de Estados Unidos en 1867, comprada a Rusia por 7,2 millones de dólares. Lo que hoy puede parecernos una rareza, fue en su día una herramienta más de configuración territorial y expansión geoestratégica.

En este sentido, hay que reconocer que, desde un punto de vista formal, la compra de un territorio como Groenlandia es posible. Otra cosa muy distinta es su probabilidad real. Dinamarca, país que ostenta la soberanía sobre la isla —aunque esta goce de un régimen de autonomía muy amplio—, no parece estar en disposición de negociar una cesión territorial de esta magnitud. No obstante, la simple existencia de este debate nos obliga a mirar con atención qué es exactamente lo que convierte a Groenlandia en un activo geopolítico y económico de tanto interés.

Estados Unidos ya mantiene una presencia relevante en Groenlandia desde hace décadas, fundamentalmente a través de bases militares. La base aérea de Thule, situada en el noroeste de la isla, es el ejemplo más representativo. Construida durante la Guerra Fría, esta instalación sigue operativa y forma parte del sistema de defensa y alerta temprana de Estados Unidos. Pero más allá del aspecto militar, Groenlandia encierra un conjunto de activos naturales que la posicionan como una fuente potencial de recursos estratégicos de primer nivel.

Groenlandia, tierra de recursos naturales de difícil explotación

En el subsuelo de la isla se han identificado materiales críticos para la industria tecnológica y la transición energética. Destacan, por ejemplo, las tierras raras, entre las que se encuentra el lantano, utilizadas en la fabricación de componentes electrónicos, imanes de alta potencia, baterías o turbinas eólicas. También se localizan minerales como el litio, el cobre o el grafito, esenciales en el desarrollo de tecnologías limpias y almacenamiento energético. A ello se suman recursos de valor tradicional como el oro y otros metales preciosos, así como el uranio, de gran importancia desde el punto de vista energético y estratégico.

Además, Groenlandia podría albergar importantes reservas de petróleo y gas natural. Aunque estas reservas no están actualmente explotadas, en gran parte por razones ambientales y por las condiciones extremas del entorno, su existencia es conocida y podría representar una fuente futura de recursos energéticos, especialmente si el contexto geopolítico o energético global experimentase una transformación que redujese las barreras actuales a su explotación.

Ahora bien, conviene matizar que el simple hecho de que un territorio contenga recursos naturales no implica automáticamente que su explotación sea rentable. Las condiciones climáticas de Groenlandia, su orografía compleja, el aislamiento geográfico y la necesidad de infraestructuras específicas hacen que muchas de estas explotaciones sean técnicamente costosas y financieramente inciertas. La rentabilidad debe analizarse caso por caso.No obstante, incluso si algunas de estas explotaciones no fuesen viables desde un punto de vista estrictamente financiero, podrían serlo desde la óptica de la autonomía estratégica. En un mundo crecientemente interdependiente, donde el acceso a materias primas críticas se ha convertido en un elemento de poder, reducir la dependencia de terceros países puede tener un valor incalculable. Estados Unidos, por ejemplo, no es uno de los principales productores de tierras raras, y su industria depende en buena medida de países como China, Canadá o Sudáfrica. En este contexto, contar con acceso directo y seguro a este tipo de recursos —aunque el retorno económico no sea inmediato— puede ser una estrategia con sentido desde el punto de vista geopolítico.

Elevado valor geoestratégico

Pero el interés norteamericano por Groenlandia va más allá de sus materias primas. Su valor geoestratégico es enorme. Situada en una posición clave en el Atlántico Norte, la isla desempeña un papel fundamental en los sistemas de defensa de la OTAN y en la arquitectura de seguridad occidental. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras la ocupación de Dinamarca por las fuerzas alemanas, Estados Unidos tomó posiciones en Groenlandia mediante el establecimiento de bases militares. Esta presencia se ha mantenido desde entonces, reforzándose durante la Guerra Fría como parte de la estrategia de defensa frente a la Unión Soviética.

En particular, la llamada “línea GIUK” —que conecta Groenlandia, Islandia y el Reino Unido— fue esencial en el despliegue del sistema antisubmarino del Atlántico Norte (SOSUS), destinado a detectar movimientos de submarinos soviéticos. Este eje sigue siendo vital hoy en día, especialmente en el contexto de una creciente actividad militar rusa en el Ártico y del papel estratégico que este océano empieza a jugar en las rutas marítimas globales, debido al deshielo progresivo.

Así pues, el control efectivo de Groenlandia por parte de Estados Unidos ya existe, aunque sea de facto y no de iure. Las instalaciones militares actuales permiten a Washington mantener una posición dominante en la zona sin necesidad de una adquisición formal del territorio. Este modelo —presencia sin soberanía— es el que Estados Unidos ha desarrollado en muchas otras regiones del mundo a través de una amplia red de bases estratégicas.

Por todo ello, la propuesta de adquirir Groenlandia no debe leerse simplemente como una excentricidad política, sino como una manifestación de la convergencia entre intereses económicos, estratégicos y militares en un mundo en transformación. El círculo polar ártico, otrora una periferia del mapa geopolítico, se está convirtiendo en un escenario central de competencia por recursos, rutas comerciales y posicionamiento estratégico. Y en ese tablero, Groenlandia es, sin duda, una pieza clave.