El mundo es más inestable e impredecible de lo que ha sido en al menos los últimos 40 años

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Aymeric Gastaldi (Edmond de Rothschild AM) | Cabe preguntarse legítimamente qué lecciones pueden extraerse de la operación especial en Venezuela. En realidad, esta confirma principalmente una observación que ya habíamos contemplado en el pasado, a saber, el regreso del conflicto geopolítico.

La operación «Determinación Absoluta», por impactante que pueda resultar, se inscribe en una continuidad coherente. Refleja un profundo cambio en el marco geopolítico, marcado por el vuelco de las alianzas históricas, el debilitamiento del derecho internacional y el retorno del uso de la fuerza como medio para resolver conflictos. Los orígenes de este cambio probablemente se remontan a 2014, con la anexión forzosa de Crimea por parte de Rusia.

Solo en 2025, hemos asistido a: el discurso de JD Vance en Múnich, que adoptó la forma de una lección moral dirigida a Europa; la humillación del presidente V. Zelenski en la Casa Blanca; las restricciones de China a la exportación de tierras raras; y, finalmente, el resurgimiento de las tensiones sino-japonesas en torno a Taiwán.

En el contexto de la captura de Nicolás Maduro y de lo que parece ser una violación del derecho internacional, resulta interesante analizar las reacciones de los principales líderes europeos, comenzando por el presidente Macron. Surgió un consenso (Alemania, Francia, Reino Unido, Italia) para acoger con satisfacción la detención de un tirano, mientras se condenaba —de forma tibia, cuando existía condena— el método empleado. Esto ilustra perfectamente el creciente nivel de aceptabilidad del uso de la fuerza.

Impulsado por esta secuencia de acontecimientos en Venezuela, el presidente Trump ha reiterado sus ambiciones de anexionarse Groenlandia. Al buscar el control de un territorio perteneciente a un país aliado, Donald Trump derriba otra barrera moral más. Nadie sabe si llevará a cabo sus amenazas, pero ese no es el punto principal. Esta postura, por sí sola, envía un mensaje claro tanto a los aliados como a los países no alineados: el mundo es más inestable e impredecible de lo que ha sido en al menos los últimos 40 años. Esto llama a todos a asumir sus responsabilidades, en particular la necesidad de reducir las dependencias externas y asegurar el acceso a los recursos estratégicos.

El año pasado, el jefe de los servicios de inteligencia alemanes, Bruno Kahl, declaró ante el Bundestag que un conflicto directo con un Estado miembro de la OTAN se está convirtiendo en una opción para Rusia de aquí a 2030. Al mismo tiempo, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirmó que «somos el próximo objetivo de Rusia». El despliegue —todavía por confirmar— de nuevas ojivas nucleares (Orechnik) en Bielorrusia no hace sino reforzar esta afirmación.

En otras palabras, el nuevo orden mundial está arraigando profundamente, moldeando las mentalidades, y nada sugiere que vaya a producirse un giro positivo a corto o medio plazo. Reconstruir (o construir) una relación de confianza siempre será más lento y más incierto que permitir que la desconfianza se propague.

En este contexto de aumento duradero de los conflictos, retorno del uso de la fuerza y creciente imprevisibilidad en el comportamiento de un aliado histórico, existe una necesidad urgente de replantear nuestras vulnerabilidades. Los Estados deben invertir en su autonomía estratégica, económica y militar. Las empresas que aportan soluciones en estos ámbitos deberían volver a ser esenciales. Sin embargo, durante mucho tiempo han sido ignoradas por los mercados. En nuestra opinión, la toma de conciencia no ha hecho más que empezar.