Alexis Bienvenu (LFDE) | Las previsiones financieras sobre 2026 pronto quedarán superadas o resultarán inalcanzables, cuando no tan vacías como una bandeja de ostras en una cena de Nochevieja. Para gestionar eficazmente una cartera, más vale manejar una visión realmente a largo plazo. Así pues, ¡vaticinemos sobre 2036! En este horizonte, una cosa parece segura: la mayor empresa cotizada del mundo no será la actual, ya que en diez años las revoluciones financieras destronan implacablemente a algunos y coronan a otros.
En 2005 —¡quién se acuerda a estas alturas!— esta empresa era Exxon, la reina del petróleo, mientras que, en la actualidad, el precio del crudo ajustado por la inflación se mueve en niveles muy bajos (menos de 60 dólares en el caso del WTI[1]), lo que no deja de ser una ironía. En 2015, tras la revolución del smartphone, la corona estaba en manos de Apple, que tuvo un reinado largo, pero hoy ese lugar lo ocupa Nvidia tras un avance del 23 000 % en 10 años. Al ritmo al que crece esta última, y en ausencia de una nueva revolución en la marca de la manzana, que no parece situarse a la vanguardia de la innovación en inteligencia artificial, parece difícil que la distancia pueda recortarse, pero si la revolución financiera continúa con su labor de destrucción creativa, se puede apostar, sin certeza alguna, obviamente, que la propia Nvidia será reemplazada dentro de 10 años.
¿Quién será entonces la próxima estrella rutilante? ¿Será, por ejemplo, la estratosférica Palantir que, cotizando a 170 veces el beneficio por acción estimado en 2026 (según el consenso de Bloomberg), se ha anotado unas ganancias del 1 000 % en dos años, es decir, el triple que Nvidia en este periodo? En el fondo, ¿la estrella del futuro seguirá siendo un valor tecnológico, como resulta tan tentador creer en la actualidad? ¿O se inaugurará una nueva era de dominio financiero? En un momento en el que la utilización de los metales resulta especialmente crucial para electrificar el mundo, ¿no nos encontraremos, irónicamente, un valor de la vieja economía a la cabeza de la nueva, por ejemplo, una empresa minera? Resulta una hipótesis ciertamente sorprendente en la actualidad, pero la plata ha ganado casi un 150 % y los contratos a plazo sobre el cobre han subido este año más de un 27 %. A tenor del previsible desequilibrio entre la oferta y la demanda a largo plazo de estos metales, parece que su despegue no es más que la primera fase de un largo ascenso.
Podría ocurrir también que los valores vinculados a las guerras, incluida su dimensión digital, se conviertan en los nuevos faros de la economía en un planeta en el que la búsqueda de la dominación mundial genera una competencia cada vez mayor, también en el espacio. En cualquier caso, concentrar las carteras únicamente en el sector tecnológico podría resultar contraproducente.
Además de las acciones, en las inversiones de los próximos 10 años también estarán los bonos. Aquí, un factor clave podría traer consigo cambios profundos: la confianza otorgada a la deuda pública, que podría sufrir un menoscabo importante. Actualmente, el Fondo Monetario Internacional prevé que EEUU registre un ratio de deuda bruta-PIB del 143 % en 2030. Sabiendo que este ratio ronda el 125 % en 2025, se puede suponer que superará ampliamente el 150 % en 2036. Este nivel recuerda al de Grecia o Italia durante la crisis de la zona euro a comienzos de la década de 2010, si bien la potencia estadounidense limita el alcance de esta comparación. Lógicamente, los inversores deberían reclamar una prima más elevada para seguir prestando a EEUU. Así, los tipos de los bonos podría experimentar un ascenso estructural y los valores refugio podrían beneficiarse de ello, en la línea de la evolución observada en 2025, periodo en el que el dólar se ha dejado más de un 10 % frente a una cesta de monedas y ha alimentado las alzas del 64 % del oro. Por lo tanto, el inversor que esté pensando en 2036 haría bien en desconfiar de los bonos estadounidenses (y no hablemos de los franceses) y moderar su exposición al dólar.
Por suerte, a la vista de semejantes perspectivas, la inteligencia humana debería alumbrar soluciones para que los escenarios catastrofistas no se materialicen. Deseamos que, con la ayuda de la artificial, la inteligencia humana consiga erigir un mundo financiero menos inestable en 2036.



