Alemania: ¿Quién pagará la factura?

Lidia Conde (Fráncfort) | El coronavirus pasará la factura. Y lo hará en un momento de “recesión transformadora.” Así se designa en Alemania la fase económica actual. Según Bernd Fitzenberger, director del Instituto de Investigación del Trabajo (IAB), y Ulrich Walwei, investigador del mercado laboral, nos encontramos en una caída económica que se desarrolla en un momento de transformación y cambio. Por lo que “tras la crisis, la economía será otra diferente a la actual, debido a procesos como la digitalización y la revolución ecológica de la sociedad”. También porque el gasto público ha sido determinante para enfrentarse a la crisis y sostener la economía, pero condicionará el futuro. Y ello teniendo en cuenta que no se sabe cómo evolucionará la crisis sanitaria actual y cómo cambiará la globalización con la epidemia.

Las cadenas de valor de la economía alemana son internacionales. Ese factor permite que su industria sea altamente competitiva. El porcentaje extranjero (la participación del valor agregado foráneo) en la generación total de riqueza alcanza en Alemania un 25%. Un ejemplo es el coloso químico BASF, que opera con 75.000 proveedores de diferentes sectores de todo el mundo. Según la consultora McKinsey, la economía mundial de 2017 era tres veces más dependiente de China que en el año 2000. El porcentaje de valor añadido extranjero es muy elevado en el sector textil alemán (por la deslocalización de trabajo manual hacia países de bajos salarios), seguido de los sectores químico y electrónico. Según el periodista Thomas Veitinger, Japón está invirtiendo 1.700 millones de dólares para recuperar la producción local. Veronika Grimm, catedrática de Economía de Nuremberg, lo expresa así: “El coronavirus está cambiando el mundo porque se desconfía de las cadenas de suministro internacionales.”

El duo formado por dos políticos opuestos, la canciller democristiana Angela Merkel y el vicecanciller y ministro de Finanzas el socialdemócrata Olaf Scholz, expresan el consenso alemán en la crisis. Merkel ve la pandemia como el reto del siglo. Scholz afirma que “Alemania se puede permitir las ayudas”. Claro que la economía advierte de los riesgos de subvenciar todo a todos, como advierte el jefe de Deutsche Bank, Christian Sewing, quien está más a favor de que las empresas se adapten por sí solas a la nueva situación: “Tenemos que aceptar un determinado grado de destrucción creativa”. El equipo Merkel-Scholz apuesta por la solidaridad, sabiendo que “no se pueden satisfacer todos los deseos.” El Estado se endeudará adicionalmente en 300.000 millones de euros. “Tendremos que gestionarlos inteligentemente”, advierte Scholz, quien el próximo año quiere sustituir a Merkel en la cancillería.

Hoy las empresas alemanas apenas invierten, apenas crean empleo. Mercedes-Benz es un ejemplo de empresa que desde hace años trata de comprar donde sus plantas producen. Pero el futuro podría ser just in case (disponer de piezas en el almacén) en lugar de just in time (disponer de las piezas procedentes de todo el mundo en el momento justo que se necesitan). Estos cambios en la cadena de valor (insourcing en lugar de outsourcing) reforzarían a las empresas locales y permitirían mejorar los estándares sociales y medioambientales.

¿Cómo salir de la crisis? El gremio de asesores económicos del Gobierno acaba de entregar su informe a la canciller Merkel. La ventaja de Alemania es indiscutible: su credibilidad. “Alemania es considerada una economía sólida en los mercados financieros internacionales, que en definitiva son los que ponen a disposición los miles de millones de euros o dólares que necesitan las economías para salir de la crisis y crecer. «Los ministros alemanes de Finanzas, antes el democristiano Wolfgang Schäuble o ahora el socialdemócrata Olaf Scholz, pueden pedir dinero prestado gratuitamente«, subraya el analista Marc Beise, de Süddeutsche Zeitung. El jefe de BASF concluyó en una cumbre económica organizada en noviembre por el diario muniqués que se trata de una “misión posible”.

Una tercera parte del presupuesto del Estado deberá financiarse mediante deudas. Y la pregunta es cómo se repartirán las cargas. Aquí nadie se cree que las deudas se compensarán con el crecimiento y la competitividad de la economía alemana.

El coloso BASF, de Ludwigshafen, con clientes en casi todas las industrias, es un ejemplo de esta situación. Por un lado, es la mayor empresa química del mundo con 122.000 empleados; por otro, un gigante no solo tocado por la pandemia sino por los cambios estructurales que se están registrando. Ya en 2019 anunció la supresión de 6.000 empleos. En el segundo trimestre de 2020 sufrió fuertes pérdidas. En el tercero ascenderán a 2.600 millones de euros (pérdidas operativas antes de intereses e impuestos). A lo que se suma la caída de la demanda desde las industrias del automóvil y (con la que hacer una quinta parte de su facturación) de la aviación y la presión competitiva.

Sin embargo, el consorcio se muestra optimista. Martin Brudermüller confirma que se registrarán muchas insolvencias, muchas reestructuraciones y muchos retos, «entre ellos el incremento de las desigualdades en el mundo, realmente preocupante, lo que observamos en todos los mercados en los que estamos presentes». Pero «poco a poco saldremos de la crisis». 2020 se cerrará con pérdidas. Brudermüller quiere ahorrar y despedir. Por otro lado, revolucionar el consorcio, hacerlo más “rápido, eficiente, sostenible, digital, valiente y poderoso”. Hasta el año 2030 quiere crecer neutralmente desde el punto de vista climático (CO2). Producir más sin que aumenten las emisiones. Eso sí, Brudermüller avisa de que hay que ser realista. La industria química no se puede descarbonizar completamente. Y reclama consenso. «Hablamos mucho del aspecto ecológico en el green deal (transición digital y verde), pero solo podemos avanzar en ello si crecemos y tenemos en cuenta la dimensión social de los cambios».

Brudermüller no está solo. Política y economía apelan a la razón para superar los retos que la pandemia ha acentuado en Europa. Berlín ha sido el autor del fondo llamado Next Generation EU, con unos 750.000 millones de euros, de los que a España le corresponden 140.000.  No es que Berlín haya perdido el miedo a endeudarse. La deuda deberá ser sostenible, dice. La Comisión Europea prevé que los nuevos fondos tiren de la economía en un 2%.

Para tener éxito en lo económico y en lo social Brudermüller confía en Europa. «Hay que unir fuerzas en Europa para poder sobrevivir en el mundo. Buscar nuestro propio perfil«. Terceros no solucionarán los problemas. En la cumbre económica de Múnich en noviembre, Brudermüller concluyó que tampoco el nuevo presidente Joe Biden pondrá su relación con Europa en primer lugar. «Deberá concentrar sus fuerzas en su política interior para ser de verdad el presidente de todos».

En el mismo sentido se expresa el socialdemócrata Sigmar Gabriel, ex vicecanciller, «Biden está convencido de que también la América del XXI necesita aliados, pero si Europa no gana peso político, económico y tecnológico, no seremos importantes en el mundo«.

¿Consecuencias políticas? Angela Merkel se retirará en otoño de 2021. El canciller será otro. Su partido, el democristiano CDU, se enfrenta al dilema de si subir o no los impuestos. Merkel ha declarado que se trata de la mayor crisis desde la segunda Guerra Mundial. La analista Cerstin Gammelin, de Süddeutsche Zeitung, pide una mesa redonda con portavoces de todo el país que reflexionen cómo será la vida después de la pandemia y quién aportará cuánto. “Integrar a toda la sociedad civil en ese debate ayudará a encontrar el camino adecuado para salir de las deudas.”

Ante el dilema económico, ha surgido en Alemania un debate en torno al capitalismo. Nikolaus Piper, de Süddeutsche Zeitung, argumenta que es relevante preguntarse por el orden económico en estos tiempos. Nunca en la Historia de la República Federal intervino el Estado en la economía de una forma tan invasiva como tras el primer lockdown.

La pandemia tiene que ver con la globalización, pero no es un fenómeno capitalista. La peste de la Edad Media estalló en China en 1332 y llegó al puerto de Messina en 1347. Francia e Italia perdieron a la mitad de su población. Según Piper, la economía capitalista ha reaccionado con mucha flexibilidad a la intervención estatal justificada por el lockdown. Eso permitió que “en cuanto se produjo la desescalada, se pusieron los motores de la economía en marcha. Nadie sabe cómo estará el mundo en primavera, pero hasta ahora la economía de mercado ha reaccionado bien a los golpes sistemáticos.”

Piper argumenta que el Estado alemán ha podido permitirse con holgura la ayuda pública por miles de millones. También impresiona la gestión para disponer rápidamente de vacunas. “Es el resultado de una combinación efectiva de espíritu empresarial, avance médico, y apoyo público.” En cualquier caso, la economía social de mercado brinda oportunidades extraordinarias, como los demuestra el hecho de que al frente de la empresa alemana Biontech, que ha desarrollado una de las vacunas contra el coronavirus, se encuentren los investigadores Ugur Sahin y Özlem Türeci, dos hijos de emigrantes turcos.

La economía mundial será otra tras la pandemia. Esperemos que capitalista, opina Piper. “Made en la economía social de mercado” es el eslogan que la iniciativa Nueva economía social (vinculada a la Fundación Konrad Adenauer) ha puesto en marcha en relación con la vacuna de Biontech. “Libertad y competencia son clave para que los investigadores desarrollen nuevos productos.” Biontech recibió 375 millones de euros de un programa de Berlín para la investigación contra el coronavirus.