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Viernes, 20 de septiembre de 2019

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Publicado en GESTORES Viernes, 30 de agosto de 2019 08:53

Asignaturas para septiembre (1): ¿Y si Trump no fuera eterno?

Manuel Moreno Capa (Director de GESTORES) | Los inversores en fondos comienzan el nuevo curso temblando, como los chavales que tienen que cambiar de colegio, que aún no han encontrado plaza en ninguno o que, peor aún, arrastran un montón de asignaturas para los exámenes de septiembre. Porque asignaturas pendientes hay de sobra. Veamos la primera, pero desde un punto de vista esperanzador: quizás no han reparado en la evidencia de que Trump no será eterno.

 

Antes o después, sus desastrosas decisiones antieconómicas desaparecerán como lágrimas bajo la lluvia de la racionalidad. Igual que acabará desapareciendo el poder del okupa de la Casa Blanca, incluso en el caso, cada vez más improbable, de que el mayor individuo anti-sistema del Planeta Tierra siga convenciendo a los más afectados por su ruinosa política de que continúen suicidándose económicamente al votar por él una vez más.

 

No me canso de repetir que una cartera bien estructurada de fondos, con objetivos claros a corto, medio y largo plazo, no debe alterarse por el devenir de los acontecimientos, por el incontenible flujo de noticias que llegan al mercado y, mucho menos, por las continuas salpicaduras de trolas e intoxicaciones (las ahora llamadas “fake news”, en las que Trump es un maestro). Pero esta actitud sosegada no debe evitar que, de cuando en cuando, el inversor aproveche para, con moderación, incrementar posiciones cuando los mercados flaquean. Siempre con visión de medio y largo plazo, las bolsas pueden dar posibilidades de suscribir fondos de renta variable a precios atractivos, sobre todo en momentos como los actuales, de grandes incertidumbres.

 

Y eso es lo que sobra ahora mismo: incertidumbres. Muy pocos se enfrentan con sangre fría al aluvión de asignaturas pendientes para el nuevo curso. La curva invertida de tipos, el miedo a una nueva recesión, el Brexit sin acuerdo, el auge de los populismos (germen de todos los males citados) y, particularmente, el poder determinante del padre de todos esos populismos modernos, ese niño malcriado que, con su mezcla de prepotencia y profunda ignorancia, está haciendo más pequeña América y más pobre al resto del mundo (para alegría del líder espiritual de Trump, ese Putin que se siente más grande no por méritos propios, sino por colaborar a que los demás mengüen).

 

Pero Trump pasará, como pasan los ciclones. Dejando un gran destrozo a su paso. Pero pasará. Y no será el primer populista reciente y dañino que caiga fruto de sus propias y reiteradas estupideces: ahí tienen el caso del otro pijo malcriado y rubiteñido londinense (también descendiente de inmigrantes, en este caso turcos, lo cual no evita que cargue contra ellos), a quien su “golpe de Estado” le costará caro; o del italiano proto-fascista que ha caído víctima de su propia prepotencia y de su único argumento electoral, que es el mismo de Donald y de Boris: echarle la culpa de todo al resto del mundo y, en particular, al inmigrante invasor.

 

Cierto: Trump todavía no ha caído. Incomprensiblemente, aún no ha sido víctima del “impeachment” que se merece (¡Clinton perdió la presidencia por mentir sobre su asunto con la becaria, pero Donald sigue ahí, pese a mentir casi cada vez que abre la boca!). Pero sus propias y absurdas decisiones económicas están socavando con rapidez su frágil poder. Unas decisiones que, con frecuencia, son de ida y vuelta: anuncia un muro, pero luego no lo construye porque cuesta una pasta y no tiene más que para un par de tramos; proclama que echará a millones de inmigrantes indocumentados pero no se atreve a hacer la gran redada porque le habrán explicado que, en ese caso, quizás él mismo tendría que fregar los suelos en la Trump Tower; amenaza a Huawei y son los propios grandes empresarios tecnológicos americanos quienes le convencen de que aplace las sanciones por el daño que provocarían dentro de EE.UU., mientras el gigante chino apenas sufre impacto en sus ventas y pocas semanas después del veto americano presenta su propio sistema operativo, el HarmonyOs, como alternativa al Android de Google; y, lo mejor de todo, el presidente USA anuncia masivos aranceles sobre las exportaciones chinas y sólo consigue que China devalúe el yuan, anuncie represalias comparables (los votantes de Trump que cultivan soja y otros productos agrícolas van a tener que vendérselos a los marcianos) y, al final, arrastre al Gobierno americano a una negociación en la que, sin duda, Pekín saldrá ganando. Como Trump no sabe nada de economía (y dice idioteces como esa de que las guerras comerciales son “buenas y fáciles de ganar”) y además prácticamente todos sus asesores económicos han dimitido en los últimos meses (ni siquiera le hace caso el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, que él mismo nombró), seguramente ignora que China no sólo es el mayor financiador de EE.UU. (para eso tiene en sus manos más de la mitad de la deuda del Tesoro americano), sino que además sólo envía al mercado estadounidense una quinta parte de lo que exporta. Es decir, China podría acabar no vendiendo nada en Estados Unidos, pero repartir ese quinto entre el resto del mundo, que además le compraría con agrado si devaluara el yuan de verdad (el recorte hasta ahora, de apenas un 2 por ciento, es apenas simbólico).

 

Trump tiene la suerte de que, hasta ahora, la economía americana marcha sola, casi por inercia, aprovechando el impulso de los últimos años. Pero se gripará antes o después si sus decisiones gripan definitivamente el comercio mundial. Y el presidente no tiene plan B: su masiva rebaja fiscal a ricos y grandes empresas no generó la ola inversora soñada (los beneficiados son listos, no se fían, se guardaron el beneficio fiscal o lo utilizaron para recomprar sus propias acciones), pero sí un incremento del déficit público, que se dispararía, como en la era Reagan, si la Casa Blanca impulsara nuevos recortes fiscales. Igual que se le irían de las manos la inflación y el empleo si finalmente los masivos aranceles contra China fueran aplicados, ya que los pagarían los americanos en precios más caros, pérdidas de empleo en empresas locales afectadas e incluso en grandes fabricantes USA que producen casi todo en el gigante amarillo. La reciente distensión comercial entre China y Trump (que, pese a su congénita ignorancia, algo ha debido aprender o sentir en sus propios bolsillos por la caída de las bolsas) distendió también a los índices bursátiles. Una prueba de lo dicho: Trump caducará y sus estupideces económicas lo harán antes que él y mucho antes de vuelva a intentar comprar Groenlandia o quizás Cataluña. Así que no vendan fondos de renta variable ante pérdidas puntuales. Esperen. Los mercados siempre acaban poniendo a cada cual en su sitio. Incluso a este tipo que creer pilotar la Casa Blanca pero olvida que si es multimillonario no es por su éxito como gestor, sino porque su abuelo inmigrante alemán y su padre le dejaron una espectacular herencia a partir de la cual pudo seguir sus pasos y especular en el mercado inmobiliario (aunque es cierto que no se enriqueció montando burdeles, como su citado ancestro germano). Pero es evidente que para dirigir la mayor economía del planeta hace falta ser algo más que un rico heredero especulador en ladrillos.