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Martes, 26 de mayo de 2020

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Publicado en Noticias Premium Domingo, 10 de mayo de 2020 00:00

El coste humano de la apertura económica 

Pablo Pardo (Washington) | La práctica totalidad de las economías industrializadas han decidido ir reabriendo sus economías lentamente tras el ‘pico’ del coronavirus. Hay pocas excepciones. Acaso la más significativa sea Gran Bretaña, pero eso se debe, precisamente, a que ese país cerró su economía con tres semanas de retraso (y con el primer ministro enfermo). Es evidente que la reapertura no va a significar una vuelta a los tiempos pasados. Eso es algo que ningún país se puede permitir.

 

La decisión de reiniciar la actividad económica va a provocar un nuevo aumento de muertes, aunque las autoridades sanitarias de todo el mundo esperan que no se llegue, ni de lejos, al colapso de los sistemas sanitarios, como sucedió en marzo y abril. Pero, cuando se dice, “vidas por dinero”, se está, relativamente, en lo cierto. El mantenimiento de una vida diaria que tenga una mínima semblanza de normalidad va a cobrarse su precio en muertos. Es el coste de evitar una depresión económica. Y ya hay ejemplos de ello. Suecia, que es uno de los pocos países que no ha optado por una cuarentena, va camino de ser, también, el que más muertes por habitante tenga, según las estimaciones de la Universidad de Washington.

 

Uno de los que están encabezando la apertura es Estados Unidos aunque, en realidad, ese país no cerró nunca. Sus medidas de confinamiento siempre fueron mucho más laxas que, por ejemplo, en España. Además, Estados Unidos es un país muy descentralizado. Los estados son quienes deciden qué actividades cierran y qué actividades no. En materia como la apertura de comercios y hostelería –tanto restaurantes como hoteles– las competencias son, a menudo, del condado.

 

Lo mismo pasa con la contabilidad de los datos. Nueva York tiene un sistema mucho más estricto que, por ejemplo, California, pese a que ambos son estados demócratas. El caso de Florida es mucho peor. Ese estado ni siquiera contabiliza los ‘positivos’ de los no residentes, lo que en una región turística en la que, además, viven millones de “aves de invierno” –es decir, jubilados de otros estados que se van allí en los meses más fríos– añade unas dosis de incertidumbre enormes a los resultados de un territorio que tiene casi la mitad de población que España. Pero el gobernador del estado, Ron De Santis, ha apostado todo su capital político a la reapertura de la economía de Florida, literalmente, caiga quien caiga. En Texas, directamente, han optado por no hacer pruebas. Apenas el 1% de sus 29 millones de habitantes han sido sometidos a los tests para detectar el coronavirus.

 

Así que la apertura de Estados Unidos es, como casi todo en ese país, muchas aperturas. Y su impacto económico y sanitario va a ser muy diferente. Por ejemplo, entre los estados que han sido pioneros en la flexibilización de las medidas están Texas, Nevada, y Carolina del Sur, donde el número de fallecidos se dobla cada dos semanas. Evidentemente, sus cifras son muy bajas: apenas 1.600 muertos en una población combinada de 37,5 millones de personas. Pero todos los países que han pasado por la pandemia saben que los contagios y las defunciones aumentan de manera exponencial y, antes de que uno se dé cuenta, se han disparado.

 

Pero hay factores económicos para que esto estados intenten forzar la situación y abrir. El turismo supone el 23% del PIB de Nevada, casi el doble que en el país que consideramos turístico por excelencia: España. Si Las Vegas no se reactiva, siquiera mínimamente, el estado corre el peligro de colapsarse. En Texas, el 9% del PIB depende de la producción de petróleo y gas natural. Son unos hidrocarburos que, como ya hemos explicado en esta columna en ocasiones anteriores, son muy caros de extraer. Con la ‘guerra de precios’ entre Arabia Saudí y Rusia y el colapso de la demanda mundial derivado del coronavirus, ese petróleo no es rentable. Texas, así, necesita reabrir su economía. Más aún porque, por más que a los texanos no les guste, el estado depende de México, al que destina el 40% de sus exportaciones. Y México está cerrándose a toda velocidad a medida que el coronavirus se expande allí, ayudado por una enorme economía informal que obliga a la gente a seguir trabajando y por un presidente, Andrés Manuel López Obrador, que llegó a recomendar a los votantes que rezaran para contener la pandemia, dado que él no iba a cerrar el país.

 

También está, evidentemente, el factor ideológico. El 40% de los republicanos creen que la cifra de 80.000 muertos por el coronavirus que lleva el recuento de la Universidad Johns Hopkins es una exageración. El 63% de los demócratas opina lo contrario. Los demócratas, además, se concentran en las áreas urbanas, que no solo han tendido a sufrir más la pandemia, sino que también tienen muchos más servicios de salud, lo que ha permitido llevar a cabo un cómputo más preciso de infectados y fallecidos. Los republicanos, por el contrario, son mayoría en zonas rurales. Los políticos republicanos, así pues, tienen un incentivo para abrir la economía. Los demócratas, para mantenerla cerrada o, al menos, para llevar a cabo la apertura de manera más gradual.

 

La diferencia en el sistema de salud entre las ciudades y el campo estadounidenses es espectacular. Un habitante de una zona urbana tiene una esperanza de vida seis años mayor que otro de una región rural. El número de médicos por cada 10.000 habitantes es un 60% menor en esas regiones que en las ciudades. Y la tendencia se está reforzando. En la última década, el 7% de los centros hospitalarios rurales de Estados Unidos han cerrado.

 

Y también está la cuestión económica. La población de ingresos más bajos, en Estados Unidos, no tienen un sistema de ayudas del Estado como en Europa. Por eso quieren volver a trabajar. Las empresas de servicios profesionales de Nueva York bajaron el ritmo de trabajo, pero no se paralizaron, ni en los peores momentos de la epidemia en esa ciudad. De hecho, los consultores o abogados de la ciudad están sorprendidos por la parálisis que han visto en Europa. En Estados Unidos, aunque fuera por Zoom o a través de otras redes de internet, las operaciones han continuado, aunque con menor volumen. Pero ése no es el caso de las industrias como el petróleo, la hostelería, la agricultura o la automoción. Ahí la parálisis ha sido total. Y la red de apoyo social, inexistente.

 

Todo eso indica que en Estados Unidos la economía va a volver a arrancar, como en Europa, con un coste en vidas, como en Europa. La mayor diferencia es que las pérdidas humanas van a ser mayores. Es posible que, cuando esta fase de la pandemia del coronavirus concluya, haya cerca de 150.000 muertos en ese país, a pesar de las dudas acerca de la veracidad de esa cifra. Eso situaría a Estados Unidos en un nivel de fallecimientos en relación a su población similar al de Italia o España. Pero la opinión pública está dispuesta a aceptar eso. Hay, además, otro factor: nadie va a contar los muertos en Plano (Texas), como los de Brooklyn, en Nueva York, igual que los fallecimientos en Soria pasaron relativamente desapercibidos en comparación con los de Madrid. La nueva normalidad va a tener un coste humano que, al menos por el momento, muchos estadounidenses parecen dispuestos a pagar.