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Publicado en NOTICIAS DESTACADAS Viernes, 24 de abril de 2015 02:00

El Partido Popular tras el revolcón andaluz

Por Joan Tapia | El mundo económico sigue apostando por Rajoy. Confía menos en sus expectativas políticas, pero cree que lo más grave que puede ocurrir es una coalición PSOE-Ciudadanos. Y respira.

 

 

Los andaluces votaron el pasado 22 de marzo y dieron una clara victoria a Susana Díaz. El PP que había ganado los comicios de 2012 fue superado por el PSOE y perdió 17 diputados de los 50 entonces conseguidos (se quedó en 33 escaños en un parlamento de 109).

 

Pero para Mariano Rajoy –que eligió al fracasado candidato y que se implicó a fondo en la campaña– lo más grave no fue la derrota, que también, sino el volumen de las defecciones. Perder un 33% de los votos del 2012 y bajar de una cuota electoral del 40,7% a otra del 26,7, nada menos que 14 puntos, es un auténtico revolcón.

 

¿Cómo puede ser que con todos los índices económicos al alza no sólo sean derrotados sino que pierdan la tercera parte de sus votos de hace tres años? ¿Tan mal lo han hecho? ¿Quién es el culpable? Máxime cuando el PSOE tenía que sufrir –lo venía pregonando toda la prensa, no sólo la conservadora, desde hace meses– por el caso de los ERE que pilotaba con gran aparato la juez Alaya. El discurso convencional –propio de un marxismo o economicismo ramplón– dice que si la economía va bien, los votos tienen que seguir. ¿Qué pasa, pues? El Ibex se ha revalorizado un 12% en el primer trimestre, la mayor subida en bastantes años, y España –que en 2012 tenía que sudar sangre para financiar su déficit– lo hace ahora a tasas negativas. El crecimiento interanual del PIB está ya en el 2% y la mayoría de servicios de estudios solventes cree que se acercará al 3% a finales de año. España estaría experimentando este año por varias causas –política expansiva del BCE, descenso a la mitad del precios del petróleo y reforma fiscal– algo así como un miniboom.

 

No es verdad que el ciudadano no lo note. El índice de comercio al por menor está subiendo por encima del 2%, la venta de automóviles crece a un ritmo anual del 34%, la de vehículos de carga al 38% y el consumo de cemento (la construcción se recupera algo) ha vuelto a tasas positivas. E incluso el empleo –la gran preocupación permanente de los españoles (hasta en épocas de bonanza)– está mejorando. No sólo es que el paro registrado se haya reducido a un ritmo anual del 6,5% en el primer trimestre, es que en el mismo periodo la creación de puestos de trabajo ha subido a un ritmo del 2,9% según la afiliación a la Seguridad Social.

 

Pequeños ajustes

¿Por qué la población no valora el cambio de coyuntura y la mejora ni se ha notado en las elecciones andaluzas ni se percibe en las encuestas preelectorales? Por varias razones. La primera es que el paro sigue muy alto (todavía algo por encima de cuando el PSOE dejó el poder) y que la incipiente creación de empleo (también por debajo de diciembre del 2011) se hace a costa de salarios más bajos. Y nadie ha explicado que esa es la consecuencia inevitable de la devaluación interna a la que España se ha visto obligada por la crisis económica y el aumento insostenible de la deuda pública. El secretario general de CC.OO. ha dicho que la crisis se superará cuando la gente viva como antes y ese es un objetivo imposible a medio plazo porque la devaluación interna está ahí y porque el cambio de modelo productivo –el que nos permitiría vender productos de más valor añadido– va a un ritmo muy lento. Suponiendo que vaya.

 

El PP se interroga por las causas de su desgracia, el nerviosismo se acrecienta por la proximidad de las elecciones autonómicas y municipales y el fantasma de la derrota en las generales de fin de año ya no es una pesadilla sino una posibilidad. Sobre todo porque por primera vez en muchos años hay un partido de centro, Ciudadanos –con Albert Rivera y el economista Luis Garicano– que no da miedo al electorado moderado. Cambiar el voto al PSOE, que sube impuestos, cuesta. A Podemos, se tiene que estar muy enfadado y/o desesperado. Parece que a Ciudadanos es algo de trámite, cómodo, como tomar un taxi con sólo levantar la mano. Y ante tal cúmulo de malas noticias las rivalidades internas –Esperanza Aguirre contra Rajoy, Arenas contra Cospedal, Cospedal contra Soraya Sáenz de Santamaria– empiezan a salir a la luz pública y a dar una cierta sensación de desorden, lo que preocupa a los medios empresariales y molesta al electorado conservador. ¿Y si el timonel no diera la talla? Y Rajoy sigue confiando en la mejora de la coyuntura y muy poco dispuesto a modular su política, a hacer un discurso más integrador. Así en su primera entrevista tras las vacaciones de Semana Santa –a Radio Nacional– ha fijado su posición: “No va a haber cambios. El Gobierno está funcionando muy bien y el partido está funcionando muy bien. Estoy satisfecho de cómo están funcionando las cosas, aunque siempre puede haber pequeños ajustes”. Vale, sólo le faltó decir que la culpa era de los electores andaluces que no entienden nada de nada.

 

La coyuntura económica es importante pero lo que quiere el elector es seguridad económica a medio plazo. Y el gobierno Rajoy no genera esa seguridad. Es posible que si la lluvia fina de buenos datos coyunturales continúa a medio plazo la logre despertar pero hoy por hoy no es así. Primero, por el caso Bárcenas (los cariñosos mensajitos de móvil del presidente están ahí). Y las tarjetas black de Caja Madrid (la institución financiera controlada por el PP y los amigos de Aznar) han sido la gota que colma el vaso. Es difícil que un partido acusado –con bastante fundamento– de prácticas corruptas genere confianza. Y menos en un momento de penuria para muchas economías familiares y con un paro superior al 20% (al 50% para los jóvenes).

 

En segundo lugar porque Rajoy repitió desde el año 2008 que la crisis económica era culpa de Zapatero y calificó el paquete de medidas de austeridad de mayo de 2010 –que se negó a apoyar y que sólo fue aprobado por la abstención de CiU– de “el mayor recorte social de la democracia”. Muerto el perro (Zapatero) debía haberse acabado la rabia (la crisis). Pero se ha visto que no es así.

 

Lluvia fina

Rajoy ha decepcionado a sus electores porque, en contra de lo prometido, ha subido los impuestos, tanto IVA como IRPF. Y sólo ahora baja (menos de lo que lo subió) el IRPF. Pero también ha decepcionado a la población porque los efectos de la crisis siguen siendo notorios. Y la política de rigor aplicada (más impuestos, reducción del gasto público y más flexibilización del mercado del trabajo) ha sido la de Zapatero, corregida y aumentada. Como no podía ser de otra manera y según recomendaban Bruselas, el BCE y el FMI. Pero no era eso lo que Rajoy prometía cuando vociferaba contra el líder socialista.

 

Rajoy pone una vela a Dios y otra al diablo para que en los próximos seis meses la lluvia fina siga deparando buenas noticias económicas que le permitan –amparándose en que los países del sur de Europa se financian ahora sin problemas– hacer algunos gestos y regalos antes de “sus elecciones”, las de final de año. Pero su partido está desorientado, nervioso, y un segundo revolcón en las autonómicas y municipales de mayo en Madrid y Valencia haría incrementar el desconcierto. No es el fin del mundo. Los medios económicos nacionales e internacionales empiezan a percibir que el sistema es más sólido de lo que se decía. En Andalucía el PP ha sido derrotado pero el beneficiario no ha sido Podemos, sino el PSOE y Ciudadanos, una fuerza algo improvisada pero centrista que parece querer emular a los partidos liberales europeos (el alemán que inclinaba la balanza a favor del CDU o el SPD) y el británico. Quizás la confianza económica pueda consolidarse porque, en contra de lo que parecía hace un año, la derrota (o la mayoría insuficiente del PP) no tiene porque dar paso a experimentos de tipo “bolivariano” sino a experiencias socialdemócratas de corte europeo, o a gobiernos de coalición con los liberales como fuerza de apoyo imprescindible.  

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