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Martes, 14 de julio de 2020

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Publicado en CONSENSO Lunes, 11 de mayo de 2020 00:00

Las rentabilidades, más reducidas; el crecimiento, más lento; y los riesgos, más elevados

Erik Weisman y Robert M. Almeida ( MFS IM) | En nuestra opinión, el proceso de reapertura de la economía estadounidense tras la pandemia del coronavirus será un complejo «juego de parejas». 

La economía de la poscrisis no se asemejará a la economía de la precrisis. A nuestro parecer, en el futuro, las rentabilidades serán más reducidas; el crecimiento, más lento; y los riesgos, más elevados, lo que generará un complicado entorno para los activos de riesgo. En algún momento, con suerte en un futuro no muy lejano, la economía estadounidense iniciará el proceso de reapertura conforme se modera la amenaza del coronavirus, aunque el camino no estará exento de desafíos.

 

He aquí algunos retos que afrontaremos primero:

 

  • Algunas empresas (tal vez, muchas) no sobrevivirán el periodo de confinamiento que están atravesando o podrían reabrir con retraso. Por lo tanto, algunos trabajadores no tendrán ningún puesto al que regresar.

 

  • Otros trabajadores podrían no volver a sus puestos hasta que se agoten las relativamente generosas prestaciones por desempleo. En consecuencia, algunas empresas podrían verse obligadas a buscar trabajadores nuevos y potencialmente inexpertos (es decir, menos productivos).

 

  • Cuando las empresas que fabrican bienes intermedios quiebran, las compañías que dependen de esos bienes para su propia producción experimentarán dificultades para lograr sus objetivos (lo que podría conllevar su desaparición) o tendrán que buscar nuevos proveedores (un proceso que podría revelarse largo y costoso).

 

El proceso de reapertura será un complejo «juego de parejas», al tener que emparejar secuencialmente el capital y los empleadores con la mano de obra (y no olvidemos la financiación) en el marco de cadenas de suministro enredadas y, todo ello, en un entorno de ínfima visibilidad.

 

En efecto, no sabemos en qué medida repuntará la demanda final, ni cuál es la probabilidad de una segunda ola de infecciones, ni cuándo se conseguirán tratamientos o vacunas viables, ni qué mercados de exportación e importación se reabrirán cuándo, etc.

 

Tal vez una analogía resulte de utilidad. Imaginemos por un momento que tenemos la posibilidad de regresar repetidamente al pasado y que rompemos el mismo vaso de vino una y otra vez. Puesto que hay infinitas maneras de romper un vaso, cada vez se rompería de manera diferente. Ahora bien, la manera de reconstruirlo sería siempre la misma: pedazo a pedazo.

 

Si quisiéramos reconstruir la economía mundial tal y como se encontraba antes de que estallara la crisis de la COVID-19, entonces necesitaríamos volver a poner todos los pedazos (capital, empleadores, mano de obra, financiación y cadenas de suministro) exactamente en el lugar que ocupaban antes. Sencillamente, no creemos que esto vaya a suceder. El «juego de parejas» es demasiado complicado y, para empezar, algunos de los pedazos no existían. Además, todo intento de recrear el mundo precoronavirus supondría simplemente retornar a una economía rota de forma diferente. El ciclo económico que acaba de finalizar se caracterizaba por un exceso de apalancamiento, una insuficiente inversión en recursos productivos y una dependencia excesiva de la remuneración a los accionistas: era insostenible. En este contexto, ¿cómo debemos abordar las valoraciones de los activos de riesgo en el futuro, cuando intentamos restablecer la economía en algún tipo de nueva forma?

 

En nuestra opinión, las valoraciones de la renta variable se derivan de tres factores: los beneficios, las expectativas de crecimiento y los riesgos que afronta un negocio. Como señalamos recientemente en «Certezas e interrogantes», hoy en día las empresas otorgan prioridad a la liquidez y a la supervivencia en detrimento de dos de los tres pilares principales de la valoración: el crecimiento y los beneficios. A nuestro parecer, en el futuro, las rentabilidades serán más reducidas; el crecimiento, más lento; y los riesgos, más elevados, lo que generará un complicado entorno para los activos de riesgo.

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